«… Terminado el vejamen.
Don Félix Mendoza pidió el grado en un breve discurso en latín. El
maestrescuela le respondió, elogió sus cualidades, le dio el ósculo de paz y le
entregó las insignias doctorales. Después el decano tomó de la mano al nuevo
doctor y lo invitó a subir a la cátedra, símbolo del magisterio. Descendió y de
rodillas hizo la profesión de fe. Recibió privilegios, inmunidades y
exenciones. Y el ceremonial concluyó con la felicitación del virrey, el reparto
de propinas y una comida suntuosa en casa del nuevo doctor…» (pág. 38, Antonio Ros,
«Doctorado en Lima, 1580»).

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