«… El
Guadalquivir murmura historias / y el viento trae rezos antiguos. / Se detiene
ante un olivo retorcido, / apoya su mano en el tronco y cierra los ojos. / No
pide victorias, ni coronas de laurel. / Pide paz, / que florezcan los campos
secos, / que callen las espadas…» (Marina Díez Fernández, pág. 106, «El susurro
de la reconquista»).
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