«…
Ahora me encuentro al hombre que se despoja de todo, que renuncia a sí mismo,
que cede cetro, espada Lobera y corona, que echa ceniza sobre su cabeza y viste
dogal al cuello, que cambia el lustroso armiño por un camisón blanco. El hombre
que ya no es rey, arrobado, en trance, brazos en cruz y humillado a la sagrada
hostia. El hombre que unificó definitivamente los reinos de Castilla y de León,
el que fijó el idioma castellano como lengua oficial de los documentos del
Estado, el que acabó con la España de los cinco reinos y recuperó los
territorios por legítima defensa y para la pacífica posesión…» (M.ª Teresa
Castaño Palacios, pág. 190, «Una hora en las postrimerías de Fernando III»).
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