ENLAZANDO SENTIMIENTOS
Orgullo. Lo que vi en tus ojos esa tarde fue orgullo, del
bueno, del grande, del que hace que se te encoja el corazón, se te aceleren las
pulsaciones y al respirar, en vez de aire inspires felicidad y satisfacción.
Esa clase de felicidad que invade por completo el alma. Esa clase de
satisfacción que inunda, sin pensárselo dos veces, la vida. Me senté a tu lado,
yo también me sentía orgullosa; pero de ti. Siempre lo he estado. No he podido
tener mejor guía desde mi nacimiento. Me lo has enseñado todo con paciencia,
con infinita paciencia, de la que hoy casi no se tiene, porque, entre otras
cosas, parece que no hay tiempo para tenerla. Todas las tardes, después del
colegio, salíamos a dar un paseo; unas veces calle arriba, otras, calle abajo.
Siempre me contabas lo mismo, yo fingía no recordarlo. Me gustaba tanto oírte
hablar de nuestra tierra de la forma en que lo hacías… Me prometías, día tras
día, volver a ella en un futuro próximo para quedarnos, para disfrutar de
nuestras raíces, de nuestra familia, de nuestros amigos, después de tantos años
la mayoría olvidados, no en el recuerdo, sí en el contacto.
Tu promesa, se convirtió en la mía, mientras, aprendí a
querer y a respetar al país hermano que nos acogió. En silencio, cavilaba la
forma de devolverte tanto amor. En silencio, soñaba también con poder pasear
contigo, cogida de la mano, por el norte, por el sur, por el este, por el
oeste, por el centro… por todos los rincones de nuestra España. Da igual por
dónde, da igual en qué provincia o lugar, porque todo es España y lo que tú
sientes y lo que yo siento es un solo sentimiento resumido en pocas palabras:
amor a la tierra. Me lo enseñaste tú. Al llegar me dijiste: «Huele pequeña,
huele. Este es el olor de nuestra patria».
Orgullo. Lo que vi esa tarde fue orgullo, del bueno, del
grande.
Mª Isabel Rodríguez
Fuertes
Nacida en CANGAS
DEL NARCEA (Asturias), reside en Oviedo
(IX Antología)
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