viernes, 18 de agosto de 2017

CITA SEMANAL

«Sé justo antes de ser generoso, sé humano antes de ser justo» (Cecilia Böhl de Faber).


viernes, 11 de agosto de 2017

CITA SEMANAL

 «No soñar, no esperar, no creer en alguna cosa… es como no existir» (Margarita Xirgu).


viernes, 4 de agosto de 2017

viernes, 28 de julio de 2017

CITA SEMANAL

               «Mientras más vivo, más creo en la sencillez» (Zenobia Camprubí).



   


lunes, 24 de julio de 2017

ANTOLOGÍA 2016: AL COMPÁS




AL COMPÁS

El reloj anda lento durante la semana,
¡lo miro  tantas veces en el correr del día!
Afuera el sol de oro derrama sus caudales;
adentro la penumbra y la monotonía;
en la calle la gente hablando de mil cosas triviales;
el tiempo que se aleja y nunca vuelve atrás.
¿Cuánto de lo que llevamos dentro conocemos y amamos?
No lo sabemos.
Nada de lo que poseemos es nuestro,
el aire que respiramos,
la tierra que pisamos,
la luz que percibimos,
todo está en préstamo.
En este drama absurdo que es la presente vida,
todos tenemos un rol que nos ha tocado vivir.
¡Entonces por qué no intentamos liberarnos del agarro del abrazo que nos encadena!
Nuestra existencia se debate,
lo que nos sostiene es el amor a la vida.
Acudimos a ti, en busca de energía.
Energía para seguir subsistiendo.
Al fin y al cabo, todos te pertenecemos,
recibimos, por tanto, las vibraciones que emanan de ti.
Por eso, recurrimos a ti para encontrar el equilibrio interno que armonice nuestra
existencia.
Sé que logrando esta armonía podemos dar más a los demás.
El reposo nos permite planear el futuro para nuestros hijos y hermanos.
Por eso venimos a ti, al son de tu compás.
Con humildad venimos a recibir tu palabra, tu energía, tu amor.
Tú que provienes del Viejo Continente,
nos recuerdas el antiguo linaje de nuestra herencia.
Retejas nuestras raíces hermanas,
contienes en conjunto nuestra herencia; de las Españas.

M.ª Dolores Varela González
Seudónimo: Abraixas
CARBALLO (La Coruña)
(X Antología)

viernes, 21 de julio de 2017

ANTOLOGÍA 2016: VIEJA, VIDA VIVIDA...




VIEJA, VIDA VIVIDA

Escribo lo que tú cuentas…
Escribo para que leas…

Va su pueblo a él, a su pensamiento, cubriendo sus recuerdos y su historia, donde nacieron anhelos, en cambiantes horizontes.
La huella de tu pasado, corre la noche deprisa y el día pregunta por ti.
El tiempo sigue, sin menguar la intensidad de tu vivir, tu sentir y sin fecha de caducidad.
¡Oh! ¡Gozos aurorales, de madrugadas heladoras, donde había que compaginar, siendo niño trabajo y colegio, para subsistir!

Hoy lo cuenta; un hombre, que sus ojos y su rostro reflejan amor, a pesar de las carencias…
Mañanas que en los amaneceres de otoño, ruge el viento, a través de la ventana y en el corral bicicleta y cesta esperan para salir, hacia esos campos morados azafraneros, para cortar la flor cerrada, donde hay que recolectarla antes que abra. Guarda en el alma, sus rincones preferidos, con ladrillos uno sobre otro (enseñanza de su padre) pero estos con cales y arenas, mezcladas con baldes de lucha.

Los pajarillos en el árbol de la placeta no cantan, ni tienen las algarabías del apareamiento, echan de menos las alegres carreras de aquellos niños, de juegos callejeros, donde quitaban astillas a las puertas castellanas, que se llamaba la chicota.

De una patria, nace el pueblo, de este el vivir de sus hombres.
Su voz se convierte en mi pluma, que soñadora vuelve a llevarle aquellos tiempos, disfrutando de su contar de «facer Españas».

M.ª Carmen Agudo Serna
(X Antología)

miércoles, 19 de julio de 2017

ANTOLOGÍA 2016: A LA RECACHA




A LA RECACHA

En los fríos días de invierno remoloneaba sentado a la recacha. Mis ojos, nerviosos gorriones, vagaban entre las adormecidas cepas mutiladas por las hirientes tijeras del poaor y soñaba con verdes pámpanos arropando prietos racimos. El tímido sol besaba mis mejillas como un aleteo de golondrinas nerviosas que intuían la primavera. Por las vastas praderas de la fantasía volaban bandadas de sueños que batían las ilusiones infantiles. Desde allí mirando el ondulante horizonte moteado de pardas cepas y el blanquiverde ceniza de los olivos, subía la cuesta camino hacia ninguna parte. Mis labios pintaban un aturdido interrogante. ¿Qué habrá más allá? Una confusa oscuridad agitaba mi inmaduro rostro.

Allí era todo lo feliz que un chiquillo puede ser a esa edad llena de cándidos deseos y ahíto de cariño. «Abuelo, a la noche me escaparé en la luz de los coches que rasgan la oscuridad». «¿A dónde irás, Pepillo?». «No lo sé abuelo». «¿Vendrás conmigo?». «Ya soy viejo, chiquillo. Vete, aguardo tu regreso», me dijo papá José. Una vez más cumplió su palabra.

Cuando la muerte anunció su visita le pidió esperar a que volviera Pepillo. La parca Átropos demoró su partida sentada al borde de la cama. Solo un hondo ronquido avisó la marcha. No lloré.
Su recuerdo, presencia constante, me protege de las sombras nocturnas y de los lánguidos lagartos ocultos en los bardales de mi imaginación. Acurrucado en su memoria me siento a salvo del rojizo orín del olvido. El calor de su mano acompaña mi peregrinar por la existencia. He colmado sus deseos, he llegado lejos cumpliendo su empeño de aprender a leer y escribir. Chafar su analfabeta esperanza y frustrar la fe puesta en mí era una traición. ¡Gracias abuelo!, me has ayudado a «facer Españas».

José Cantillo Carmona
Catedrático de Filosofía jubilado
VALENCIA
(X Antología)

viernes, 14 de julio de 2017

ANTOLOGÍA 2016: TU MEMORIA



TU MEMORIA

Hoy soy la memoria de mi abuelo, esa que el alzhéimer le arrebató. Le hizo olvidar la mirada de mi abuela, y hasta su rostro. También su nombre, seis letras que aparecen repetidas en postales amarillas, que lee una y otra vez, sin llegar a comprender nada. Es como el marinero retirado que huyó de su puerto, pero que se estremece cuando vuelve a oler el mar.
Ya no se acuerda de su infancia, de cuando el viento tarareaba promesas. De la posguerra y de su optimismo. De vivir en una especie de cárcel y convertir los barrotes en un pentagrama, que leían y entonaban ruiseñores y jilgueros, en aquellos mayos que, por desgracia, no fueron eternos.
El tiempo pasa y no recuerda haber labrado una España de tierras yermas, de hayedos imberbes. De olivos que sangraban arte. De formar parte de una generación de hombres mojados que no temían a la lluvia.
De haber conocido a mi abuela. Y de cuando esta se fue, delante de sus ojos. De ese último instante devorado por un maelstrom. De sentirse un pintor al que una noche le robaron todo su color.
Mi abuelo, de carisma abatido, de sonrisa caducada, tiembla. Yo, mientras, observo su barba plateada. Y algo dentro de mí muere,  cuando me devuelve la mirada. Esa que empaña los espejos de nostalgia.
En ese momento sé que nunca volverá. Que aunque esté presente, está distante… a miles de kilómetros de cualquier cosa que tenga delante.
Por eso, yo soy su memoria. Y le hablo de su vieja chimenea. De cuando íbamos juntos al bosque a partir leña. Hoy, él es el árbol caído. El mismo que un día dio sombra a todos mis sueños. Los suyos, no sé si se cumplieron. Espero que sí.

Daniel  Somolinos Pérez
Licenciado en Comunicación Audiovisual
Periodista de El Mundo
(X Antología)

miércoles, 12 de julio de 2017

ANTOLOGÍA 2016: UN NIÑO DESNUDO




UN NIÑO DESNUDO

«¡Más rápido que es usted de Castilla!». Y se empeñaba en modular mi voz o imponer la suya. Niebla, lluvia y melancolía en la clase de lectura. «Una tarde parda y fría de invierno…». Monotonía de lluvia tras los cristales machadianos. Un profesor intrépido, de aspecto fímico, con áspero y cuadrado bigote, veía en mí al único hijo de la patria «una, grande y libre». Sin embargo yo estaba cruelmente atormentado en los recreos, investido de maketo y coreano, emigrante de los campos de Gabriel y Galán, los de las grises lontananzas muertas, herido por palabras como bisturíes. 
Pero no cesan las postales de la infancia. A veces me escribe la infancia una tarjeta postal, ¿te acuerdas? Postales llenas de palabras carámbano. ¿Ha desaparecido o no el colegio de la plaza de las viejas palmeras, la enjuta caramelera señora Castora, la Campa de los Ingleses, el suburbano de Plencia, el cine Banderas, el olor de las rosas del camino de Ibarrecolanda, las grúas de la ría, el fuego del cielo en la noche de los Altos Hornos, la barca y el barquero que te llevaba de orilla a orilla por una peseta?

«Vivir es ver volver», según el circunspecto Azorín («Azorín no dice nada, está vacío», regruñía el hermano marista de ojos turbios y negra sotana).

Hoy he dado una clase de Humanidades en la universidad del valle verde. He comenzado diciendo: «¡He venido pero no he vuelto! Voy a hablarles a ustedes de medicina y literatura, pero también de las palabras carámbano que se deshielan, la Formación del Espíritu Nacional y la guerra de Corea». Las poderosas miradas, brillantes y alegres, con la sensualidad de los veinte años, disecan mi heteróclito discurso, ahogado en los desasosiegos de Pessoa.
Sesenta años después, un niño, desnudo, sale del aula… para «facer Españas».

Francisco Javier Barbado Hernández
Médico
MADRID
(X Antología)

lunes, 10 de julio de 2017

ANTOLOGÍA 2016: MI SITIO




MI SITIO

Querido abuelo:

Aunque hoy día basta pulsar unas teclas para tranquilizar a quienes nos quieren, yo sé que te gusta que te escriba. Como te dije, estoy contenta, creo que he encontrado mi sitio. Me lo ha corroborado la anécdota de esta mañana: desde que me gradué, siempre me había declarado ingeniera, profesionalmente hablando, y hoy, me sorprendí al oírme decir «soy profesora».

Cada mañana me levanto con la ilusión de llegar a mi aula; mientras me arreglo y mientras conduzco, pienso en lo que voy a explicar, en cómo transmitirle una observación a un alumno, en el consejo que espera una chica… Y cuando acabo cada jornada, agotadoras todas, me siento bien.
Creo que encontré mi sitio porque me veo útil transmitiendo cuanto sé, investigando aquello que desconozco para completar una clase y meditando sobre la mejor forma de contarlo; porque los chicos me escuchan con interés y quizá con gratitud. Y porque la responsabilidad de ser ejemplo, siendo coherente con los valores imprescindibles, me está convirtiendo en una persona mejor.
Quiero que mis alumnos crezcan con el corazón enraizado en don Quijote, manteniendo el sentido común al modo de Sancho; quiero que salgan ahí afuera dispuestos a «desfacer entuertos» con los pies bien asentados, los ojos clavados en el cielo y los cimientos sólidamente arraigados en tierra.

Creo que encontré mi sitio porque desde mi pizarra, acogiendo bajo la tarima a la diversidad de hijos de todas las Españas que la historia nos ofrece, unidos por la bella lengua que nos hermana, siento que contribuyo a la tarea que nos es imprescindible y urgente: formar y educar a los buenos talentos y grandes personas que dedicarán su día a día, con nobleza inteligente, a eso, a «facer Españas».
Ya, ya sé que esta idea siempre fue la tuya…

Eva Barro García
Profesora de Bachillerato
(X Antología)