lunes, 22 de junio de 2020

TERCER PREMIO OROLA DE VIVENCIAS 2020




DE NIÑO A NIÑO

Muchos niños mueren. Sangría que no cesa. Sería inmoral no compartir el remedio de Jenner con los menesterosos, pero in vitro solo aguantaba doce días. Lo único posible, inocular el virus de niño a niño y llevarlo a los confines del imperio.

«¿Otro Quijote?», me acusaron. Pero así lo defendí yo, Francisco Javier Balmis, hijo y nieto de maestros cirujanos y sangradores.

Partimos el 30 de noviembre de 1803 en la fragata María Pita. Mi amigo Salvany me acompañó con veintidós niños huérfanos al cuidado de Isabel Zendal. Con pocos medios, pero mucha ilusión, organizamos la Real Expedición Filantrópica de la Vacuna y lanzamos nuestras almas al océano. Recorrimos el mundo hasta los más últimos rincones del Imperio español. De Galicia a Canarias y, de allí a Puerto Rico. De Venezuela partió el doctor Salvany, adentrándose en Colombia, Ecuador y Perú. Después de superar revueltas contra la vacuna, malaria, difteria y tuberculosis, la vida le abandonó en Cochabamba.

Mientras, yo me dirigí a Nueva España, recorriendo Centroamérica, México, sur de los actuales Estados Unidos, para llegar hasta Filipinas y China.

¿Cómo convencer de no estar loco? Eso fue lo más difícil de todo. Recorríamos las calles de procesión con los niños, esos pequeños héroes llenos de heridas y granos, al grito de «¿Hay algún niño para vacunar?». La gente no sabía, no confiaba. La vacuna era gratuita, pero incluso tuve que pagar por ponerla. Repartí en las ciudades dos mil libros de medicina y establecí en ellas juntas de vacunación para que la extendieran y conservaran.

Seis años vacunando, seis años padeciendo, entregando nuestro esfuerzo sin mirar razas ni dineros ni estados. El más sublime ejemplo de mestizaje, porque solo hay una humanidad, aunque muchos se empeñen en fragmentarla en tribus inventadas.


Javier Martínez González
ZARAGOZA

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