«… Fue entonces,
tras su lectura y una breve reflexión, dirigiéndose al dominico, cuando Carlos
I exclamó: “¿Entiendo que vos, como colega en las aulas salmantinas de este
insigne don Francisco de Vitoria, compartiréis muchos de sus pensamientos?”. Y,
en este punto, se entenderá que la respuesta del buen teólogo imperial, valedor
de la evangelización pacífica del Nuevo Mundo, no fuese otra que un digno y
bien razonado “facer Españas” en defensa de la dignidad y libertad de todos los
seres humanos» (pág. 66, Valentín García Valledor, «Dodecálogo vitoriano»).

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