CONVERSACIONES
Hay vivencias que ensanchan los
ecos y remontan las montañas como si fueran la expresión de lo más recóndito
del ser humano que pugna por rozar la inmortalidad.
Conocí al hijo antes que al padre.
Pero ese hijo sabio y astrólogo me habló del hombre que, desde 1224, convirtió
su existencia en un constante batallar. Fue rey sin pretenderlo, pues en su
mano no estaba la ley de la herencia y porque la vida, a veces, es un gesto, un
detalle, una ocasión. Sin ser primogénito, se situó el primero.
Sobre la muerte de sus
antecesores, el orfebre del tiempo modeló para Fernando su corona de rey de
Castilla y León. Me lo contó también Alfonso X cuando en mi casa de Sevilla
jugamos una histórica partida de ajedrez. Incluso me enseñó un libro de estorias —Primera crónica general la titularía
otro sabio: Ramón Menéndez Pidal— y leímos unos pasajes mientras tomábamos una
colación —hidromiel, dátiles y pasas— en una sala del alcázar. Los folios de
pergamino me revelaron la voz indómita de su padre Fernando III y lo vi
«soñando caminos de la tarde» antes de que lo hiciera junto al Duero Antonio
Machado. En uno de esos pasajes se contaba que, tras siete años de paz, había
roto las treguas con el califa almohade y cruzado el puerto del Muradal para
ensanchar el reino y los pulmones. Todos sus trebejos —como estos alfiles,
roques y caballos que ahora mueven mis recuerdos— fueron ocupando escaques
repletos de murallas, castillos, villas, ciudades y personas.
«Así fue mi padre», concluyó
Alfonso con la voz áspera de sus últimos días. Recuerdo que en ese momento
movió el rey junto a la dama y pensó en su madre Beatriz.
Entiendo que hay movimientos en la
historia que hacen ganar o perder partidas. En todo caso, me quedo casi siempre
con los acordes de una sustanciosa conversación.
J. G. M.
(XVIII Antología)
(XVIII Antología)
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