«… No era
el oro lo que buscaba, ni la gloria vana de los trovadores que cantaban hazañas
efímeras: era la paz, esa quimera celestial en la tierra, un ideal tan frágil
que se le escapaba entre los dedos como arena fina arrastrada por el viento del
Guadalquivir…» (Carlos La Casa, pág. 36, «El santo en la sombra»).
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