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miércoles, 20 de mayo de 2026

ANTOLOGÍA : EL SANTO Y LA CIUDAD ETERNA

 



EL SANTO Y LA CIUDAD ETERNA
 
 
La niebla del amanecer envolvía Sevilla cuando Fernando III se detuvo frente a sus murallas. Había soñado con este momento desde que emprendió la gesta de reunificar los reinos cristianos. No empuñaba la espada con furia, sino con el peso de una fe inquebrantable, la certeza de que la victoria debía traer justicia, no venganza.
 
 
Al fin, las puertas se abrieron. No hubo estruendo de batalla, solo el eco de sus pasos cuando cruzó la entrada. Sus hombres avanzaban en formación, pero sin la brutalidad del saqueo. Sevilla debía ser tomada, sí, pero no destruida.
 
El rey caminó hasta la Giralda observando el alminar que pronto cambiaría su función. Alzó la vista y habló: «Hoy termina una era, pero no el alma de esta ciudad. No habrá ruina, sino renacer».
 
Se arrodilló en la gran mezquita y hundió su espada en la tierra. No como amenaza, sino como juramento.
 
Desde lo alto del alminar, el último almuédano entonó el llamado a la oración. No era un grito de rendición, sino un eco del pasado que aún resistía en la memoria de Sevilla.
 
Fernando cerró los ojos y escuchó. Sabía que en aquel instante la historia estaba cambiando para siempre.
 
 
Antonio R. J.
(XVIII Antología)
 
 
 
 
 


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