EL
SANTO Y LA CIUDAD ETERNA
Antonio R. J.
(XVIII Antología)
La
niebla del amanecer envolvía Sevilla cuando Fernando III se detuvo frente a sus
murallas. Había soñado con este momento desde que emprendió la gesta de
reunificar los reinos cristianos. No empuñaba la espada con furia, sino con el
peso de una fe inquebrantable, la certeza de que la victoria debía traer
justicia, no venganza.
Dentro
de la ciudad, el silencio era un presagio. La resistencia se había desvanecido,
vencida por el hambre y el asedio. Los musulmanes sabían que no podrían
sostener Sevilla por más tiempo. Algunos preparaban su partida, otros
aguardaban el destino que el monarca cristiano les impondría. Pero Fernando no
era un rey común.
Al fin, las puertas se abrieron. No hubo estruendo de
batalla, solo el eco de sus pasos cuando cruzó la entrada. Sus hombres
avanzaban en formación, pero sin la brutalidad del saqueo. Sevilla debía ser
tomada, sí, pero no destruida.
El rey
caminó hasta la Giralda observando el alminar que pronto cambiaría su función.
Alzó la vista y habló: «Hoy termina una era, pero no el alma de esta ciudad. No
habrá ruina, sino renacer».
Se
arrodilló en la gran mezquita y hundió su espada en la tierra. No como amenaza,
sino como juramento.
Desde
lo alto del alminar, el último almuédano entonó el llamado a la oración. No era
un grito de rendición, sino un eco del pasado que aún resistía en la memoria de
Sevilla.
Fernando cerró los ojos y escuchó. Sabía que en aquel
instante la historia estaba cambiando para siempre.
(XVIII Antología)
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