«… En
la quietud sagrada de la arboleda, comprendió que gobernar era asumir el dolor
del mundo, que no hay justicia sin cicatriz, ni poder sin alma que se desgaste
por cada decisión escogida entre el deber y la compasión. Advirtió, que
gobernar no era ordenar, sino dolerse. Que cada decisión desgarra algo que no
se ve: una fibra íntima, una veta del espíritu…» (Fernanda T. J., pág. 96, «El
susurro del olivo»).
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