RES
GESTAE FERDINANDUS TERTIUS
Nací rodeado de
peregrinos que transportaban sueños y anhelos; a los diecinueve años, mi sangre
cimentó los pilares de vuestro mundo; amé a Dios por encima de los lujos que la
corte puso a mi alcance y concedí el perdón a todo infiel que lo solicitó con humildad.
Recordadme así.
Ese mármol caprichoso donde se graba la historia
narrará con pasión mis conquistas, os hará imaginar la turbia sangre de mis
enemigos brillando al sol y os embaucará con todas las riquezas de sus palacios
vencidos. Pero fui un hombre de paz, y ya desde muy joven me vi obligado a
sofocar la infatigable hostilidad nobiliaria, a calmar ese siniestro juego de
intrigas y ambiciones vacías que intentó frenar mi primer logro: unificar León
y Castilla.
Viví amando a Dios y
haciendo la guerra en su nombre. Devolví el honor a nuestra tierra usurpada, y
nobles y obispos recibieron señoríos y privilegios donde seguir expandiendo el
mundo luminoso, donde honrar al Dios verdadero. Tomé Jaén propagando una epidemia
de hambre; contemplé Medina Azahara en ruinas y lloré ante lo efímero de la
gloria; atravesé Sevilla entre vapores de azahar para plantar la cruz en la
mezquita que será mi balcón a la eternidad.
Estas palabras jamás podrán expresar lo que sentía
cuando una ciudad entera, un fiero enjambre de infieles deslenguados,
claudicaba ante mi espada, ante el espíritu encendido de Santiago, ante la
fuerza inapelable de Dios. Pero es mi deber hablaros. Es mi deber luchar por un
legado tan grande como la propia Roma, por una tierra fiel donde mi estirpe
propague mi esencia. Y más allá del confín del tiempo, allí donde se derritan
las últimas estrellas cegadoras, allí donde la materia se clausure y Dios abra
de nuevo las puertas de su gracia, resuene con fuerza que este humilde siervo
hizo todo por vosotros. Vale.
Nicolás D. B.
(XVIII Antología)
(XVIII Antología)
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