«… De
pronto, una flecha enemiga voló desde lo alto de la muralla y rasgó el manto de
la imagen. No hirió a nadie, pero el corte quedó, visible y silencioso, como
una ofensa. Los hombres se detuvieron. Algunos aguardaban una reacción. Pero el
rey desmontó sin decir palabra. Pidió aguja e hilo. Le ofrecieron llamar a un
sastre del campamento, pero él negó con la cabeza. “Para los asuntos de la
Virgen, bien puede hacer de sastre un rey”, dijo sin solemnidad, solo con
certeza…» (Roberto Elvira Mathez, pág. 118, «La aguja del rey»).
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