POSTRIMERÍAS
En el umbral de lo eterno, rodeado por mis amados hijos y
mi fiel esposa, siento la cercanía de lo divino. El crucifijo en mis manos no
solo representa mi fe, sino también los cimientos de un legado tan vasto como
la tierra misma que he gobernado. Mientras la enfermedad barre con firmeza mis
fuerzas, los destellos de las conquistas y las gestas culturales iluminan mis
pensamientos. Mi vida, un tapiz entretejido de gloria y esplendor, ha dado
ritmo a la danza de Castilla y León, consolidando un reino donde antes solo
había fragmentos y sueños dispersos. La cultura ha florecido bajo mi mandato;
los templos y la sabiduría echan raíces en la devoción de nuestra gente, como
faros eternos en el curso del tiempo.
En la quietud de este momento, mientras mi confesor me
prepara para la partida, mis palabras de gratitud hacia el Todopoderoso fluyen
con la misma simplicidad y profundidad que el río que testifica mis grandes
triunfos: el Guadalquivir. Ofrezco mi alma sabiendo que mi legado no será
contado solamente en territorios y coronas, sino en el pulso de un pueblo
forjado en un ideal común, grabado en las
piedras de las catedrales que desafían el tiempo y en las páginas de la
historia que seguirán narrando nuestra ardua búsqueda de luz y unidad.
Mis últimas súplicas, entrecortadas por la emoción,
imploran que la posteridad cante mis obras no solo como relatos de poder, sino
como himnos donde la unión y la cultura perpetúen su esencia. Mientras las
letanías resuenan y el Te Deum laudamus eleva mi espíritu,
me adentro en el silencio eterno dejando atrás un reino, no de tierra y
espadas, sino de esperanza en que un gran pueblo se alce bajo el cielo de esta
amplia península. Que mi nombre y mi título, Fernando III el Santo, no se
olviden.
Aimar Rollán
González
Navarra.
Filólogo en progreso (UNED).
Autor de doce libros.
(XVIII Antología)
Navarra.
Filólogo en progreso (UNED).
Autor de doce libros.
(XVIII Antología)
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