«… Dentro de la ciudad, el silencio era un presagio. La
resistencia se había desvanecido, vencida por el hambre y el asedio. Los
musulmanes sabían que no podrían sostener Sevilla por más tiempo. Algunos
preparaban su partida, otros aguardaban el destino que el monarca cristiano les
impondría. Pero Fernando no era un rey común. Al fin, las puertas se abrieron.
No hubo estruendo de batalla, solo el eco de sus pasos cuando cruzó la entrada.
Sus hombres avanzaban en formación, pero sin la brutalidad del saqueo. Sevilla
debía ser tomada, sí, pero no destruida…» (Antonio R. J., pág. 122, «El santo y
la ciudad eterna».
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