«… Recuerdo cómo escuchabas el consejo
de la abuela Berenguela. Gracias a ella no hubo sangre fraterna derramada en la
unión de los reinos, pues tú, que podías haber tomado León por la fuerza,
decidiste anexarlo a Castilla con acuerdos. Ni Sancha ni Dulce, tus
hermanastras, quedaron despojadas ni agraviadas. Fuiste justo sin dejar de ser
fuerte, y esa enseñanza no se aprende en los campos de batalla, sino en el
corazón del hogar…» (Lara Martí Blasco, pág. 196, «El epitafio perdido»).

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