«… Una señora, anónima
y sin título universitario, pero que aquella mañana había decidido coger el
mismo autobús que ellos, les dijo que dejasen de discutir como si fueran dos
niños, al resto de la humanidad le resultaba indiferente dónde se manifestase
la poesía mientras siguiera existiendo» (pág. 110, Rafael F. P.,
«Convertirse»).

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