martes, 24 de febrero de 2026

ASÍ ESCRIBEN NUESTROS AUTORES

 




«… La historia me ha visto entrar en ciudades que eran como versos escritos en otra lengua y a las que tuve que traducirme con el cuerpo. Pero cada victoria dejó cicatrices invisibles, porque nadie te cuenta que cuando conquistas algo, también estás perdiendo otra cosa que no sabías que llevabas contigo…» (Salvador Vaquero Montesino, pág. 46, «A las puertas del último viaje»).


lunes, 23 de febrero de 2026

ANTOLOGÍA 2025: EL ECO EN LA PIEDRA

 



EL ECO EN LA PIEDRA
 
 
Sevilla no lo recuerda hombre, sino símbolo. Su presencia no es carne mortal, sino frío perenne en la piedra catedralicia, luz dorada filtrándose por vidrieras que narran su gesta y su fe. Fernando transita ahora por la memoria colectiva, cincelado en la gratitud y el mármol.
 
Quienes pisan las losas bajo la Giralda, convertida en campanario, no escuchan sus pasos cansados tras el asedio, sino el eco de una determinación que doblegó murallas y cambió el curso de un río y de la historia.
 
Él, que unificó coronas con la tenacidad del orfebre y la visión del estratega, yace en la urna de plata sobredorada, pero su verdadera tumba es el reino mismo, ensamblado pieza a pieza con la argamasa de la ley y la oración. Las crónicas hablan del guerrero, del rey justo, del padre de un sabio. Pero la piedra susurra otra verdad: la del hombre arrodillado en la penumbra, ofreciendo victorias a un dios que exigía más que sangre y tributos. Exigía el alma entera.
 
La santidad no fue un halo súbito, sino el lento decantar de una vida tensada entre la espada y la cruz, entre la urgencia del tiempo humano y la vastedad del propósito divino. Cada arco ojival que se eleva hacia el cielo en la catedral que él soñó sobre cimientos ajenos es un acto de fe construido sobre la renuncia. No hay rastro del polvo del camino en el aire inmóvil del templo. Solo queda el silencio majestuoso, la luz que doma el pasado y la certeza de que su voluntad, hecha piedra y fe, aún gobierna invisiblemente desde el corazón de la ciudad rendida, transformada, eterna. Su eco es el reino.
 
 
Pablo Miguel Argudo
Valencia, 1999.
Graduado en Ciencias Políticas y máster en Política Económica por la Universitat de València.
Analista de sostenibilidad tecnológica y programador autodidacta.
Primer premio de microrrelatos mineros Manuel Nevado Madrid (2024) y tercer premio del III certamen de relato y cuento Literaria Kalean (2025).
(XVIII Antología)
 
 

viernes, 20 de febrero de 2026

ANTOLOGÍA 2025: CONVERSACIONES

 



CONVERSACIONES
 
 
Hay vivencias que ensanchan los ecos y remontan las montañas como si fueran la expresión de lo más recóndito del ser humano que pugna por rozar la inmortalidad.
 
Conocí al hijo antes que al padre. Pero ese hijo sabio y astrólogo me habló del hombre que, desde 1224, convirtió su existencia en un constante batallar. Fue rey sin pretenderlo, pues en su mano no estaba la ley de la herencia y porque la vida, a veces, es un gesto, un detalle, una ocasión. Sin ser primogénito, se situó el primero.
 
Sobre la muerte de sus antecesores, el orfebre del tiempo modeló para Fernando su corona de rey de Castilla y León. Me lo contó también Alfonso X cuando en mi casa de Sevilla jugamos una histórica partida de ajedrez. Incluso me enseñó un libro de estoriasPrimera crónica general la titularía otro sabio: Ramón Menéndez Pidal— y leímos unos pasajes mientras tomábamos una colación —hidromiel, dátiles y pasas— en una sala del alcázar. Los folios de pergamino me revelaron la voz indómita de su padre Fernando III y lo vi «soñando caminos de la tarde» antes de que lo hiciera junto al Duero Antonio Machado. En uno de esos pasajes se contaba que, tras siete años de paz, había roto las treguas con el califa almohade y cruzado el puerto del Muradal para ensanchar el reino y los pulmones. Todos sus trebejos —como estos alfiles, roques y caballos que ahora mueven mis recuerdos— fueron ocupando escaques repletos de murallas, castillos, villas, ciudades y personas.
 
«Así fue mi padre», concluyó Alfonso con la voz áspera de sus últimos días. Recuerdo que en ese momento movió el rey junto a la dama y pensó en su madre Beatriz.
 
Entiendo que hay movimientos en la historia que hacen ganar o perder partidas. En todo caso, me quedo casi siempre con los acordes de una sustanciosa conversación.
 
 
J. G. M.
(XVIII Antología)
 

jueves, 19 de febrero de 2026

ASÍ ESCRIBEN NUESTROS AUTORES

 





«… Somos el mañana de tantos soñadores, la razón / de tantos mártires bajo la seca tierra hispana. Pronto / seremos la memoria (de gloria o ignominia, de nosotros depende) / de los que un día vivirán bajo este mismo cielo, / bajo esta misma luz» (Carmen Blanes Valdeiglesias, pág. 42, «Speculum regis»).


miércoles, 18 de febrero de 2026

ANTOLOGÍA 2025: EL MOSAICO Y LA URDIMBRE

 


EL MOSAICO Y LA URDIMBRE
 
 
Conversaban bajito, en distintas lenguas. Trazaban líneas en los muros con los dedos cubiertos de polvo blanco. La cal ardía un poco quemando memorias. Caía en hilos lentos, flotando suave, como si la misma piedra soltara su aliento.
Yo observaba desde las sombras, contenido.
Las órdenes eran claras: no tocar los arcos, no derribar el alminar, no turbar el silencio que dormía en la fuente visigoda.
La mezquita era hermosa, sí. Pero su resplandor proclamaba algo que no era nuestro. ¿Por qué conservarla?
Oyéndome maldecir, un trovador de la corte se acercó despacio. «¿Sabéis, alteza, que las piedras hablan? Sevilla será glosa dentro de glosa. Un libro que todos podrán comprender aunque cada cual lo lea distinto».
Como yo no conseguía entender, entonó para mí una melodía. Enseguida la reconocí. Era la cantiga piadosa que mi padre compuso, inspirado por las canciones gallegas que aprendió en su juventud. Sin darme cuenta, tarareé con él.
Era hermosa aunque extraña la cantiga con su mezcla de cantos monódicos, trovas y lírica popular. La voz me tembló, como si algo nuevo me habitara sin permiso.
Y así, en el canto, lo vi por primera vez. No a mi padre, sino al rey.
El que nunca quebró su palabra y recompensó por igual el valor y la lealtad del militar y del juglar. El que creó la capilla musical con intérpretes y compositores de varias culturas con el mismo cuido que protegía las escuelas de traductores.
Sí, los cristianos la habían convertido en su catedral.
El latín dormiría ahora en sus juntas.
Mas allí, en el corazón de la ciudad, las voces de la historia encontrarían sus lenguas para custodiar la memoria y, con ella, urdir la paz en el mosaico de la tierra nueva.
Ese día supe que mi deber sería más vasto que guardar la ley.
Por eso me llaman el Sabio. Pero todo lo aprendí de él.
 
 
Paula V. Álvarez
Doctora arquitecta, investigadora, docente, editora y escritora. Para ella, escribir es una forma de «hacer mundo».
Ha recibido diversos premios y becas literarias siendo el más reciente el primer premio de ensayo Guiomar 2024. En 2025 ha sido finalista del XIV Premio Internacional de Relato Corto Encarna León.
Ha publicado numerosos ensayos y artículos en medios culturales y académicos.
(XVIII Antología)
 
 
 

martes, 17 de febrero de 2026

ASÍ ESCRIBEN NUESTROS AUTORES

 




«… Crucé el umbral de Sevilla entre columnas de humo, el crujir de puertas rendidas y el clamor de los míos. Sentí bajo mis botas la herida abierta de los siglos y en los muros, el eco de rezos extinguidos. Recé en silencio por los que soñaron esta hora y por los que sufrirían su precio. No había gloria suficiente para lavar el llanto de la tierra. Juré entonces no olvidar: toda conquista es herida, y sobre la sangre solo puede florecer el perdón…» (José Francisco Sánchez Lozano, pág. 40, «El umbral de Sevilla»).


lunes, 16 de febrero de 2026

ANTOLOGÍA 2025: LA TUMBA Y EL TIEMPO

 



LA TUMBA Y EL TIEMPO

 
Frente a la urna de plata que aloja los restos de Fernando III, algo en mí se quebró. No era asombro, ni devoción, era el peso de los siglos que me interpelaban silentes. También pudo ser el vértigo de estar ante un rey que murió santo, o un santo que gobernó con la firmeza de la espada implacable.
 
En la capilla real el silencio era espeso, antiguo, secular. Me aproximé prudente, casi temiendo que las losas del suelo se quejaran. Había inscripciones en latín. Santo. Rey. Justo. Cruzado. Otra vez el escalofrío: ¿cómo se mide la justicia cuando hay tanta sangre derramada? ¿Cómo se reza antes de ordenar matar y guerrear por Dios?
 
Saqué de la mochila un facsímil de un códice medieval y lo abrí. Quería agarrarme a algo aunque fuera tan intangible como el relato colorido de la historia sobre un papel. En un margen, entre glosas del personaje, alguien había anotado: «Justo hasta el dolor, creyente hasta el temblor». Deslicé un dedo sobre esa frase mientras meditaba su significado.
 
Entonces lo vi, sin los ojos. No al rey de las crónicas, sino al hombre: de rodillas en la penumbra de una tienda de campaña, con las manos crispadas sobre un devocionario, suplicando no traicionarse. Lo imaginé fatigado, mirando hacia su interior. Sin duda, entendía que conquistar no bastaba si el alma no sobrevivía al reino, que el primero pesa más ante el Creador que el segundo.
 
Al abandonar el lugar, entendí que la esencia de aquel monarca se destiló en el temblor de sus preces solitarias, en las dudas fugaces que marcaban su rostro antes del combate, en los instantes mínimos donde el poder cedía ante lo humano. Eso flota aún en el aire, como un perfume antiguo que se resiste a desaparecer. Lo demás —las conquistas, los honores, los himnos— son ecos que se extinguen con el tiempo.
 
 
Antuán de Torre
Las Rozas (Madrid), 1962.
Traductor y licenciado en Bioquímica.
Autor del libro de relatos Trasuntos propios (febrero 2025), combina su pasión por las palabras, la traducción y la creatividad en Lectureo.com, su espacio dedicado a la lectura y la traducción editorial.
(XVIII Antología)
 
 
 

viernes, 13 de febrero de 2026

ANTOLOGÍA 2025: LO QUE ARDE BAJO LA PIEDRA

 



LO QUE ARDE BAJO LA PIEDRA


 
Dicen que el cuerpo de Fernando III descansa en paz, bajo una urna de cristal y oro, en un rincón que huele a incienso viejo y a mármol húmedo. Pero yo no lo vi descansar. Lo vi arder. Arder con ese fuego que no quema la carne, sino la duda. Ese fuego que deja ceniza en las manos del que toca lo eterno.
 
No entré en la catedral buscando historia. Entré huyendo del ruido. Me senté en una nave lateral, y fue entonces cuando ocurrió: una ráfaga tibia, un temblor leve en el suelo, como si el mundo exhalara por un instante. Y lo supe. No era un templo: era el cuerpo vivo de una oración que aún respira.
 
Fernando no heredó reinos. Heredó grietas por donde colarse en los siglos. Una devoción tan callada que nadie la escucha y, sin embargo, lo sostiene todo. No fundó ciudades; fundó la idea de que gobernar puede ser una forma de entrega. Que no hay victoria sin renuncia, ni reino sin alma.
 
Cuando salí, las campanas no sonaban, pero dentro de mí algo se ordenó. Como si alguien, tal vez él, me hubiese dicho sin palabras: «Heredarás la herida, no el cetro». Y comprendí que hay santos que no predican, solo miran. Y esa mirada basta.
 
 
Alexis López Vidal
Torrevieja (Alicante), 1979.
Premios: de narrativa Encarna León, Ciudad de Mula-Francisco Ros y Madrid Sky, y en poesía Calixto Hornero, Fernando Calvo y Luis Chamizo.
Publicaciones: el libro de relatos Bar Matrioshka y otras historias y los poemarios Escarnio público. Tetralogía de amores usados, El filo mellado, Catálogo de bestias marinas y Tokio 346. Es coautor de la novela El lado opaco del espejo.
(XVIII Antología)
 
 
 
 

jueves, 12 de febrero de 2026

ASÍ ESCRIBEN NUESTROS AUTORES

 




 «… Desperté con el alba clavada en los párpados. Mi espada estaba cubierta de escarcha. Mis rodillas, hundidas en tierra de batalla. Y supe que no conquistaría la ciudad con la violencia de los hombres, sino con el peso de un designio más alto…» (José Alberto R. C., pág. 38, «La vigilia de los muros»).


miércoles, 11 de febrero de 2026

ANTOLOGÍA 2025: A LAS PUERTAS DEL ÚLTIMO VIAJE

 



A LAS PUERTAS DEL ÚLTIMO VIAJE

 
A muchos les parecerá insuficiente, pero Dios sabe que apenas me queda aliento después de haberme entregado a la promesa que le hice a mi madre. Yo aún no era rey, pero ya estaba condenado a serlo. He pasado la vida recogiendo pedazos rotos de reinos que no sabían cómo abrazarse. He atravesado desiertos que no estaban en las tierras, sino en los hombres. He empuñado espadas con más amor que rabia y he rezado a un dios al que a veces también le pedía perdón por tener que matar en su nombre.
 
La historia me ha visto entrar en ciudades que eran como versos escritos en otra lengua y a las que tuve que traducirme con el cuerpo. Pero cada victoria dejó cicatrices invisibles, porque nadie te cuenta que cuando conquistas algo, también estás perdiendo otra cosa que no sabías que llevabas contigo.
 
Fui un puente entre mundos enfrentados, un hilo tenso cosiendo las heridas de un país que se soñaba entero. Pero ese hilo también tiró de mí, deshilachándome por dentro. No hay honra sin desgaste, no hay unidad sin pérdida, no hay luz sin sombra.
 
He aprendido que ser rey no es mandar, es callar cuando más duele. Es dormir con la conciencia despierta. Es mirar a los ojos de un soldado que va a morir y entender que está creyendo más en ti que tú mismo.
 
Hoy, mi cuerpo se deshace como un castillo de arena tras la marea. Me pesan más los nombres que no recuerdo que los que gritan los trovadores. No busco gloria. Solo quiero pensar que esta vida que dejé en mil batallas sirvió para que otros vivan con la paz que yo no tuve.
Y si mañana alguien habla de Fernando III de Castilla, que no lo haga como el de un héroe ni un santo, sino como el de un hombre que cumplió la promesa a su madre y, en el intento, aprendió que amar a un reino es a veces más difícil que gobernarlo.
 
 
Salvador Vaquero Montesino
Plasencia, 1966.
Cuenta con más de cuarenta certámenes literarios en su haber desde 1984 hasta el presente.
Publicaciones: las novelas Aprendiz de hombre (2003); La fuerza de las espigas (2005); El hombre olvidado (2013); Hombres sin fronteras (2014); El corregidor (2018); La tierra donde acaban las mentiras (2019); La puerta de la traición (2021); Huérfanos de paz (2024); Peces en un río sin agua (2024); Mons fragorum (2025), y un libro de relatos cortos: La leyenda de la guadaña oxidada (2006).
(XVIII Antología)