jueves, 2 de julio de 2026

ASÍ ESCRIBEN NUESTROS AUTORES

 



«… Sintió una punzada en el pecho: no era el peso de la corona, sino el de la historia. Había vencido, sí, pero no odiaba al vencido. Con los ojos cerrados pensó en su madre, doña Berenguela, que le enseñó a gobernar con firmeza sin renunciar al alma. Pensó también en el dios que compartía con los suyos… y en el otro, que ahora callaba en las mezquitas. Cuando bajó de la torre, mandó que no se derribara el alminar, que lo transformaran en campanario. No por capricho, sino por respeto…» (Javier Batallé Sáiz, pág. 120, «El corazón y la espada»).


miércoles, 1 de julio de 2026

ANTOLOGÍA 2025: EL ÚLTIMO SUSPIRO DEL REY

 



 

EL ÚLTIMO SUSPIRO DEL REY
 
 
El Santo no era ya más que armadura corpórea que, poco a poco, se dejaba ir... La edad y las cicatrices de una guerra de la que nunca se recuperó marcaban un día a día agónico. Su respiración, más pausada, dejaba ver que cada aliento era un eco del peso de su vida y su reinado. Sus ojos, antaño firmes como la espada alzada, lucían tristes y apagados bajo la serenidad de la cruz que siempre le acompañó en sus aposentos. Numerosos reinos habían caído ante sus ojos y se había levantado; el hombre de grandes plegarias no tenía más que encomendarse al juicio divino, que cada vez le era más cercano.
 
Pidió presentarse a la muerte con el sayal de los humildes y que en su lecho, cada vez más frío, no hubiera más oro que su tesoro más valioso: su fe. Con la voz ya rota del que sabe que va a encontrarse con la muerte, murmuró: «No soy rey ante Dios, sino siervo». En ese momento, las manos que antaño empuñaron espadas descansaron y se cruzaron sobre su pecho en señal de entrega y paz, un gesto de quien es sabedor de que poco queda por batallar.
 
Una solitaria vela iluminaba el espacio y temblaba como la propia vida del Santo… Se consumían cera y vida prácticamente al unísono. Su último pensamiento, su última plegaria en forma de anhelo no fue más que el deseo de dejar un reino que no necesitara de espadas… Con la calma, rodeado del misticismo que siempre le acompañó, dejó la vida corpórea Fernando III, muriendo el hombre y naciendo el santo.
 
 
Gema Sánchez Tomás
Huesca.
Desde siempre, la escritura ha sido una de sus pasiones. En su juventud, la poesía fue su refugio y su voz, logrando ganar varios concursos literarios en el instituto. Aunque durante un tiempo se alejó de la creación literaria, su trayectoria profesional en marketing la ha mantenido en contacto con las palabras, dedicándose a la redacción de textos y guiones.
Ahora, con renovada ilusión, retoma el placer de escribir, explorando nuevas historias y
reviviendo esa conexión con la literatura que nunca desapareció del todo.
(XVIII Antología)
 
 
 
 


martes, 30 de junio de 2026

ASÍ ESCRIBEN NUESTROS AUTORES

 



«… De pronto, una flecha enemiga voló desde lo alto de la muralla y rasgó el manto de la imagen. No hirió a nadie, pero el corte quedó, visible y silencioso, como una ofensa. Los hombres se detuvieron. Algunos aguardaban una reacción. Pero el rey desmontó sin decir palabra. Pidió aguja e hilo. Le ofrecieron llamar a un sastre del campamento, pero él negó con la cabeza. “Para los asuntos de la Virgen, bien puede hacer de sastre un rey”, dijo sin solemnidad, solo con certeza…» (Roberto Elvira Mathez, pág. 118, «La aguja del rey»).


lunes, 29 de junio de 2026

ANTOLOGÍA 2025: GUERRERO Y MONJE

 



GUERRERO Y MONJE
 
 
Estéril balbuceo.
Desequida y macilenta boca.
De un pueril aliento,
febriles y resecas comisuras.
De una aterrada madre,
crueles espasmos
sobre el agónico pecho.
 
Insondables ojos
que con amor me acunan.
Derretidas,
vencidas pupilas
me abrazan,
me arrullan,
me envuelven en un regazo
con sabor a infancia.
 
«Mi alma es tuya, madre».
 
Se postran,
suplican
y lamentan
su convulsa desgracia
ante las níveas mejillas
de la eterna Señora.
 
«Te ofrezco su vida, Madre».
 
Entre burgaleses muros,
cálidos iris lo miman,
fustigados suspiros,
interminables rezos,
atávicos cánticos
cómplices,
austeros,
de sollozos forjados,
testigos de esa digna corona
que está muriendo,
que se evapora,
que se marchita
contra el bruno infortunio.
 
Velas sinuosas,
extintas,
exiguas.
Acecha la perniciosa duda
hasta el venidero rictus amortajado.
Tiempo rencoroso,
volátil epílogo
con hedor a tragedia
y estólidas crónicas mancilladas.
 
Contra el déspota silencio,
sin retorno,
una sutil carcajada
trona con rebeldía.
Entre turgentes pechos
es amamantado,
y con latidos nuevos,
vergonzoso,
suspira.
 
«Gracias, madres».
 
Desde Oña
hacia sacras batallas,
astilladas cruces
y cielos prometidos,
un niño,
guerrero y monje.
 
 
 
Rafael Romero Sánchez
Natural de Córdoba.
Licenciado en Filología Hispánica por la UCO.
Profesor de enseñanza secundaria en la especialidad de Lengua Castellana y Literatura.
Autor del poemario Latidos de travesías (Loto Azul, 2023) y del relato «Caramelos de miel», Ayuntamiento de Córdoba (Factoría de Sueños, 2022).
Colaborador de la Revista de Investigación Didáctica Cuzna.
(XVIII Antología)
 
 


viernes, 26 de junio de 2026

ANTOLOGÍA 2025: LA ORACIÓN DEL GUERRERO

 



LA ORACIÓN DEL GUERRERO
 
 
El silencio de la madrugada envolvía el campamento real, donde la respiración de los soldados se mezclaba con el susurro de las hojas agitadas por el viento. Fernando III se encontró de rodillas en la pequeña capilla improvisada. La llama temblorosa de un candelabro apenas iluminaba su figura, pero la fuerza de su espíritu parecía llenar el lugar.
 
Ante el altar, improvisado con tablas de madera, el rey dejó caer su espada. No era el arma de un conquistador cualquiera, sino el símbolo de un hombre que creía que la guerra solo se justificaba cuando traía la paz. «Señor, no busco gloria ni riquezas, sino cumplir tu voluntad en esta tierra que nos ha confiado», murmuró con fervor.
 
Las victorias pasadas desfilaban en su memoria: Córdoba, Jaén, Sevilla. Ciudades que ahora florecían bajo un reinado de leyes y tolerancia. Pero Fernando no se consideraba un héroe. Para él, cada triunfo era un recordatorio de su deber de proteger a su pueblo, de unir a los hijos de al-Ándalus y Castilla bajo un mismo cielo.
 
De pronto, una voz lo interrumpió. Era un joven paje, portador de un mensaje urgente. Las tropas esperaban órdenes, pues el amanecer traería consigo el último enfrentamiento.
 
Fernando se levantó con calma, tomó su espada y miró al joven con serenidad. «Hoy no es nuestra fuerza la que prevalecerá, sino nuestra fe. Vayamos, pues, a cumplir lo que Dios nos ha encomendado». Con esas palabras, salió al campamento, su figura recortada contra la tenue luz del amanecer. En sus ojos ardía la llama de un líder que comprendía que la verdadera victoria no estaba en la guerra, sino en la reconciliación.
 
 
 
Cliffor Jerry Herrera Castrillo
Jinotega (Nicaragua), 3 de octubre de 1994.
Doctor en Matemática Aplicada, docente universitario e investigador.
Ha sido galardonado con el premio #HilandoCiencia 2024 y reconocido como Joven Científico Innovador por el Ministerio de la Juventud.
Autor del libro Más allá del cálculo y de diversas publicaciones académicas. Su obra combina ciencia, educación y literatura con enfoque humanista.
(XVIII Antología)
 
 


jueves, 25 de junio de 2026

ASÍ ESCRIBEN NUESTROS AUTORES

 




«… Al amanecer, ordenó que se reconstruyera la ciudad, piedra por piedra. Sevilla no sería un trofeo, sino un hogar para sus habitantes. “Un rey no hereda tierras —pensó—, hereda corazones”» (sedudónimo: Romina Méndez, pág. 116, «El lamento de Sevilla»).


martes, 23 de junio de 2026

ASÍ ESCRIBEN NUESTROS AUTORES

 




«… Esa noche, al pasear por el alcázar vacío, halló en la mezquita aljama un reloj de agua detenido. Con el puño cerrado, lo golpeó hasta verter la última gota sobre el Corán que serviría de base al altar cristiano…» (Francisco Javier S., pág. 114, «Asedio eterno»).


lunes, 22 de junio de 2026

ANTOLOGÍA 2025: RES GESTAE FERDINANDUS TERTIUS

 



RES GESTAE FERDINANDUS TERTIUS
 
 
Nací rodeado de peregrinos que transportaban sueños y anhelos; a los diecinueve años, mi sangre cimentó los pilares de vuestro mundo; amé a Dios por encima de los lujos que la corte puso a mi alcance y concedí el perdón a todo infiel que lo solicitó con humildad. Recordadme así.
 
Ese mármol caprichoso donde se graba la historia narrará con pasión mis conquistas, os hará imaginar la turbia sangre de mis enemigos brillando al sol y os embaucará con todas las riquezas de sus palacios vencidos. Pero fui un hombre de paz, y ya desde muy joven me vi obligado a sofocar la infatigable hostilidad nobiliaria, a calmar ese siniestro juego de intrigas y ambiciones vacías que intentó frenar mi primer logro: unificar León y Castilla.
 
Viví amando a Dios y haciendo la guerra en su nombre. Devolví el honor a nuestra tierra usurpada, y nobles y obispos recibieron señoríos y privilegios donde seguir expandiendo el mundo luminoso, donde honrar al Dios verdadero. Tomé Jaén propagando una epidemia de hambre; contemplé Medina Azahara en ruinas y lloré ante lo efímero de la gloria; atravesé Sevilla entre vapores de azahar para plantar la cruz en la mezquita que será mi balcón a la eternidad.
 
Estas palabras jamás podrán expresar lo que sentía cuando una ciudad entera, un fiero enjambre de infieles deslenguados, claudicaba ante mi espada, ante el espíritu encendido de Santiago, ante la fuerza inapelable de Dios. Pero es mi deber hablaros. Es mi deber luchar por un legado tan grande como la propia Roma, por una tierra fiel donde mi estirpe propague mi esencia. Y más allá del confín del tiempo, allí donde se derritan las últimas estrellas cegadoras, allí donde la materia se clausure y Dios abra de nuevo las puertas de su gracia, resuene con fuerza que este humilde siervo hizo todo por vosotros. Vale.
 
 
 
Nicolás D. B.
(XVIII Antología)
 
 
 


viernes, 19 de junio de 2026

ANTOLOGÍA 2025: SEVILLA

 



SEVILLA

 
Se despertó desorientado, miró a su alrededor y fue reconociendo sus aposentos del Real Alcázar. Hacía poco que Sevilla había sido tomada por las tropas castellanas, esa ciudad que se convertiría en el nuevo hogar del rey. Dos largos años de asedio dieron su fruto; Sevilla sería el centro de operaciones desde donde se controlarían las nuevas plazas reconquistadas.
 
Su pensamiento voló libre, sin orden, enmarañado, adelante y atrás, arriba y abajo, como en una montaña rusa descontrolada. Por su mente las imágenes corrían a gran velocidad superponiéndose unas a otras: su abuelo Alfonso VIII dando el paso decisivo en la batalla de las Navas de Tolosa; la presión entre los reinos de España; un joven Fernando y sus primeros años de reinado; las diversas y sucesivas muertes, oportunas, que le permitieron portar la corona; la pacificación del reino; el fortalecimiento de su autoridad; la unión definitiva de las coronas castellana y leonesa…, y la idea de extender sus fronteras y acabar con el poder islámico.
 
Una sonrisa se dibujó en su rostro, se acercó a la ventana, miró al cielo, escudriñó el horizonte. Una pequeña nube corría hacia él haciéndole guiños con sus formas caprichosas: un pez que se convertía en barco o su espada Lobera, fiel compañera, que semejaba poco después una cruz. Esa cruz reflejo del ideal de realeza cristiano. 
 
Un hito en la historia de España, un rey gobernando para el bien de su pueblo. Sevilla, antes Ishbiliya, su última gran campaña. Su reinado, la gran expansión reconquistadora.
 
El 30 de mayo de 1252, Sevilla, su última morada, le despedía. La catedral hispalense acogió sus restos.
 
 
Lola Sánchez Lázaro
Madrid.
Historiadora.
(XVIII Antología)
 
 
 


jueves, 18 de junio de 2026

ASÍ ESCRIBEN NUESTROS AUTORES

 




«… Se dispusieron las carracas, se reforzaron con tablas remachadas con clavos de hierro. Y se lanzaron hacia el puente. Las proas avanzaron lentas pero imparables. En una de ellas iba el almirante de Castilla quien mirándolas exclamó: “Las cadenas que hoy se rompen unirán un día estas tierras, por la gloria de Castilla y de León, por la gloria del reino y de Fernando”…» (Manuel Ángel Morales Escudero, pág. 112, «Puente de Barcas»).