«…
Entra despacio bajo los arcos ancestrales. No siente la gloria hueca de los
conquistadores, sino la solemne alegría de quien restituye un latido antiguo.
La mezquita, inmensa, le recibe como una promesa: columnas de luz filtrándose
entre sombras que ya no gobiernan. Córdoba vuelve a ser de los suyos. No como
herida, sino como aurora…» (Carlos Molinero Ruiz, pág. 84, «La aurora sobre
Córdoba»).