miércoles, 13 de mayo de 2026

ANTOLOGÍA 2025: LA AGUJA DEL REY

 



LA AGUJA DEL REY
 
 
Durante el asedio de Sevilla, una mañana de otoño, el rey Fernando avanzaba junto a sus hombres cerca de las murallas de la Macarena. Sobre el arzón de su caballo, protegida por un manto azul, llevaba una imagen de la Virgen. Era su costumbre, más por devoción que por ceremonia.
 
Pidió aguja e hilo. Le ofrecieron llamar a un sastre del campamento, pero él negó con la cabeza. «Para los asuntos de la Virgen, bien puede hacer de sastre un rey», dijo sin solemnidad, solo con certeza.
 
Se sentó en una piedra y, con dedos más acostumbrados a la empuñadura de la espada que a la costura, zurció el manto con paciencia. Nadie se atrevió a hablar. Cuando terminó, besó la tela reparada y volvió a colocarla sobre la imagen. Luego montó de nuevo, y la marcha continuó.
 
Los sastres del campamento, al enterarse, lo nombraron hermano mayor de su gremio, el de san Crispín. Aquel día entendieron que el rey que levantaba iglesias también sabía remendar. Y que en la humildad, como en la guerra, Fernando no delegaba lo que tocaba al alma.

 
 
Roberto Elvira Mathez
Nació en 1989, reside en Madrid.
Estudios Culturales y Traducción, posdoctorado en la Universidad Oberta Catalunya. Doctor en la City University of New York.
XLII Premio de Poesía Ciudad de Badajoz (2023).
(XVIII Antología)
 
 
 
 
 


martes, 12 de mayo de 2026

ASÍ ESCRIBEN NUESTROS AUTORES

 




«… Al Señor que antes cantaban, / mis hermanas hoy invocan / para que volando al cielo / las cigüeñas, las alondras / acompañen nuestro vuelo / al monarca dando gloria / que nos liberó del fuego, / que nos liberó a nosotras» (Natalia Rizo, pág. 88, «El regreso a Santiago»).


lunes, 11 de mayo de 2026

ANTOLOGÍA 2025: EL LAMENTO DE SEVILLA

 



EL LAMENTO DE SEVILLA
 
 
La ciudad ardía. Desde lo alto de la torre recién conquistada, Fernando III contemplaba Sevilla. Era suya ahora, pero la victoria no sabía dulce. Las llamas lamían los muros y los gritos de mujeres y niños desgarraban la noche. «Es el precio de la fe», le había dicho el arzobispo, pero Fernando sentía otra cosa: la fe debía edificar, no destruir.
 
A lo lejos, el Guadalquivir fluía sereno, indiferente a las gestas humanas. Fernando bajó la vista a su armadura: cada golpe recibido era un recordatorio de su humanidad, de sus límites. «¿Cuántas almas han sido sacrificadas por esta cruzada?». El pensamiento le quemaba más que el calor de las llamas.
 
Un niño pasó corriendo frente a él, sucio y asustado, abrazando una figura de barro. Era un león de juguete, quizá un símbolo perdido de otra vida. Fernando lo observó hasta que desapareció entre las sombras. Entonces, inclinó la cabeza y susurró: «Señor, enséñame a gobernar con justicia, no con miedo».
 
Al amanecer, ordenó que se reconstruyera la ciudad, piedra por piedra. Sevilla no sería un trofeo, sino un hogar para sus habitantes. «Un rey no hereda tierras —pensó—, hereda corazones».

 
 
Seudónimo: Romina Méndez                                                                                                              
Nació en Montevideo (Uruguay) en el 2001.                                                                           
Estudia la licenciatura en Letras y la tecnicatura universitaria en Corrección de Estilo en la Facultad de Humanidades y Ciencias de la Educación, además de aprender chino mandarín. Escribe poesía y narrativa breve.
(XVIII Antología)
 


viernes, 8 de mayo de 2026

ANTOLOGÍA 2025: ASEDIO ETERNO

 


ASEDIO ETERNO

 
Fernando III sintió el peso de la lluvia en el yelmo mientras observaba las murallas de Sevilla desde Alcalá del Río. Era agosto de 1247, y el Guadalquivir llevaba en sus aguas el jadeo de dieciséis naves cántabras construidas para romper el puente de Barcas.
 
«Sin el río, la ciudad es un león sin garras», murmuró al almirante Bonifaz, cuyo rostro quemado reflejaba meses de batallas fluviales contra las cadenas musulmanas.
 
En el campamento de Tablada, donde soldados gallegos y vizcaínos compartían fogatas con carpinteros mudéjares, el rey trazó sobre un pergamino mojado la estrategia final: «Aislaremos el Aljarafe. Hambrearemos sus torres».
 
Las catapultas lanzaban piedras marcadas con cruces, mientras frailes franciscanos entonaban el Vexilla Regis entre heridos moriscos.
 
«Ni alcázares compartidos ni tributos a medias», rugió Fernando blandiendo la espada que había fundido campanas para Jaén. Cuando las naves de Bonifaz quebraron el puente en mayo, el gemido de las cadenas rotas se confundió con el llanto de las mujeres musulmanas que tejían mortajas en Triana.
 
En noviembre, al recibir las llaves de la ciudad entre olivares calcinados, el rey ordenó: «Que los vencidos lleven sus libros y sus hijos».
 
 
Al morir en 1252, vestido con sayal de esclavo, sus últimas palabras fueron para el obispo Remondo: «El tiempo ahora es de Dios. Mis horas fueron campanas de guerra».
 
Bajo la losa desnuda de la catedral, el silencio guarda aún el eco de aquellas clepsidras rotas que midieron un reinado forjado entre salmos y acero.

 
Francisco Javier S.
(XVIII Antología)
 
 
 
 
 


jueves, 7 de mayo de 2026

ASÍ ESCRIBEN NUESTROS AUTORES

 



«El rey Fernando ha ordenado que desalojen la mezquita de Córdoba; precisa de un momento a solas para poder meditar en silencio y encuentra que, bajo la arboleda de los arcos del templo, podrá hallar el sosiego buscado. Otro monarca se mostraría ufano de sus triunfos y buscaría el agrado y veneración de los suyos, pero él solo quiere detenerse a evaluar la enormidad de la tarea inconclusa. Aunque ciñe las coronas de Castilla y de León, en el alma se sabe rey de una España aún desmadejada…» (Héctor Daniel Olivera Campos, pág. 86, «España ha vuelto»).


miércoles, 6 de mayo de 2026

ANTOLOGÍA 2025: PUENTE DE BARCAS

 



PUENTE DE BARCAS

 
—Mirad. Yo os digo que mientras el puente de Barcas no caiga, no podremos reconquistar la ciudad, pues todo lo que en Hispalis se necesita lo trae ese puente. Mirad lo que os digo porque aquí y ahora se juega el destino del reino.
 
Ramón de Bonifaz escuchaba atentamente las reflexiones del rey Fernando. Sabía que era factible si se hacía con la fuerza suficiente.
—Yo lo haré, majestad. Embestiré con mis naves.
 
Las carracas eran las ideales. Pesadas pero altas, útiles para la carga, aunque no para la guerra: los instrumentos perfectos para romper las viejas maromas de esparto, las duras tablas reforzadas del puente, las cadenas de hierro que bajaban hasta el fondo del río.
 
—Una vez lanzadas no podrán detenerlas: chocarán con toda su fuerza contra el puente. Si el primer golpe no acaba con él, sin duda el segundo lo hará.
 
Se dispusieron las carracas, se reforzaron con tablas remachadas con clavos de hierro. Y se lanzaron hacia el puente. Las proas avanzaron lentas pero imparables. En una de ellas iba el almirante de Castilla quien mirándolas exclamó: «Las cadenas que hoy se rompen unirán un día estas tierras, por la gloria de Castilla y de León, por la gloria del reino y de Fernando».
 
Y un estruendo de clavos que saltaban, de tablas que crujían y de hierros que se partían afirmaron entonces que no habría vuelta atrás ese día y tampoco al otro y al siguiente hacia la tierra que un día sería la España unificada.
 
 
Manuel Ángel Morales Escudero
Ponferrada, 1968.
Catedrático de secundaria y crítico literario. Vocal de la Asociación Española de Críticos Literarios (AECL) y secretario de la Asociación Internacional de Críticos Literarios (AICL).
Premios: Galtellì Literary Prize 2019, III edizione en honor a la Premio Nobel de Literatura Grazia Deledda y María Eloísa García Lorca 2024 de poesía.
Colabora en el suplemento cultural del Diario de Córdoba, Cuadernos del Sur.
(XVIII Antología)
 
 


martes, 5 de mayo de 2026

ASÍ ESCRIBEN NUESTROS AUTORES

 



«… Entra despacio bajo los arcos ancestrales. No siente la gloria hueca de los conquistadores, sino la solemne alegría de quien restituye un latido antiguo. La mezquita, inmensa, le recibe como una promesa: columnas de luz filtrándose entre sombras que ya no gobiernan. Córdoba vuelve a ser de los suyos. No como herida, sino como aurora…» (Carlos Molinero Ruiz, pág. 84, «La aurora sobre Córdoba»).

 


lunes, 4 de mayo de 2026

ANTOLOGÍA 2025: LA NOCHE DEL SANTO

 



LA NOCHE DEL SANTO

 
La ciudad dormía y, más allá de sus murallas, la historia velaba.
Era el año de 1248, y Sevilla seguía en pie. Hacía más de un año que la rodeaban estandartes cristianos, pero aún ardía en ella el orgullo de al-Ándalus.
En una tienda sencilla, apenas iluminada por una vela temblorosa, el rey Fernando arrodillaba su cuerpo como lo haría un siervo. El mundo lo llamaba rey, pero esa noche no llevaba corona; llevaba cilicio bajo el jubón, y en sus labios no había órdenes, sino salmos.
Había visto morir a amigos, había enterrado soldados que lo seguían desde Toledo, desde Burgos, desde los valles de León. Sabía que al amanecer, las cadenas que cerraban el Guadalquivir caerían por fin, y Sevilla abriría sus puertas. Podía sentirlo. No por las estrategias, sino porque Dios lo había confirmado en el silencio del alma.
Esa noche no durmió. Se acercó solo, descalzo, hasta la ribera del río. El agua corría como un cántico en lengua extraña, y el reflejo de la luna pintaba la silueta de la Giralda. Allí, sin testigos, sin escudo ni espada, Fernando lloró.
Lloró por los vencidos, por los que morirían al alba, por los niños que crecerían en una ciudad cambiada, por los imanes que ya no llamarían desde el alminar. Lloró como solo un verdadero rey puede hacerlo: no por él, sino por todos.
Y al volver, al amanecer, ya no era solo Fernando de Castilla ni Fernando de León. Era Fernando el Santo.
Cuando entró a la ciudad no alzó la voz, alzó la cruz. Mandó limpiar la gran mezquita, no para humillar, sino para transformar… El pueblo lo miró sin comprender del todo. ¿Era un rey?, ¿un fraile?, ¿un peregrino? Era las tres cosas. Y más.
Años más tarde, cuando la muerte lo encontró, no la rehusó, le abrió la puerta como a una amiga antigua y en la catedral que había salvado del olvido descansó.
 
 
María Lacárcel López
Murcia.
En redes como @revolucionenverso, es educadora social y doctoranda en Educación.
Premios: I certamen literario del Centro de la Mujer Victoria Kent por Raíces de fuego y el certamen internacional Versos desde el Corazón X por el poema «Cuando me miras». También ha sido reconocida por su investigación en los Premios a los Mejores Trabajos Académicos en Igualdad y Violencia de Género.  
Publica poesía semanalmente en La Biznaga (Sureste Press).
(XVIII Antología)
 


jueves, 30 de abril de 2026

ASÍ ESCRIBEN NUESTROS AUTORES

 



«… El rey lo miró en silencio. Luego pidió que le trajeran el código legal de las Siete Partidas, que aún estaba en elaboración bajo el impulso de su hijo Alfonso. Consultó también los fueros antiguos y el testimonio de testigos cristianos y musulmanes. Los presentes guardaron silencio. Nadie se atrevía a interrumpir al rey mientras repasaba las leyes aún no sancionadas, pero que ya guiaban su conciencia…» (Lourdes Girón Anguiozar, pág. 82, «El perdón del enemigo»).


miércoles, 29 de abril de 2026

ANTOLOGÍA 2025: PONTEM, NON MURUM

 



PONTEM, NON MURUM

 

No fue empresa liviana, madre, juntar lo que nació escindido. Dos reinos, dos lenguas, dos memorias: en ocasiones dóciles como ríos mansos, en otras fieras cual bestias enfrentadas. Castilla fue mi cuna; León, mi sino. Siempre temí que amar a uno fuera deslealtad hacia el otro.
 
No, madre, no fue fácil reconciliar las crónicas de nuestros pueblos sin mancillarlas. ¿Qué me hacía creer que podría llevar sobre esta testa indigna el peso de dos coronas sin desfallecer? Y, sin embargo, con la gracia de Dios, lo hice. No con estrépito, sino con perseverancia. No por fuerza, sino con paciencia y oración.
 
Muchas veces, en las vigilias de la noche, pensaba en vos. En cómo urdisteis con recogimiento el trayecto de mi alma, guiándome con hilos invisibles hacia el buen camino.
 
Tal como me enseñasteis, procuré ser puente y no muralla. Hoy, al firmar como rey de Castilla y de León, no siento poder, sino temor: el de quebrar lo que tantas generaciones levantaron con lágrimas y fe.
 
Y si algún día alguien os inquiere por vuestro hijo, no digáis que conquistó ciudades. Decid más bien que fue siervo del Altísimo, piadoso con los suyos, justo en su obrar... y, si lo merece, que fue tenido por santo.
 
  
Elena B. R.
(XVIII Antología)