«… Él, que unificó coronas con la tenacidad del orfebre y la
visión del estratega, yace en la urna de plata sobredorada, pero su verdadera
tumba es el reino mismo, ensamblado pieza a pieza con la argamasa de la ley y
la oración. Las crónicas hablan del guerrero, del rey justo, del padre de un
sabio. Pero la piedra susurra otra verdad: la del hombre arrodillado en la
penumbra, ofreciendo victorias a un dios que exigía más que sangre y tributos.
Exigía el alma entera...» (Pablo Miguel Argudo, pág. 56, «El eco en la
piedra»).