viernes, 22 de mayo de 2026

ANTOLOGÍA 2025: EL PESO DE LA CORONA

 



EL PESO DE LA CORONA
 
 
Sevilla ardía en el horizonte cuando sintió por primera vez el verdadero peso de su corona. No el oro ni las gemas, sino la historia que tejía con cada paso. León y Castilla ya eran una sola sangre; ahora, la frontera se desdibujaba bajo su estandarte. La reconquista avanzaba, pero no era solo una empresa militar: era la voluntad divina hecha obra.
 
El aire olía a ceniza y polvo, el eco de los cascos de los caballos resonaba en las calles de piedra. Caminó por la ciudad tomada, entre callejas donde el árabe aún susurraba en los muros. Los ecos de un reino que se desvanecía seguían vivos en los ojos de sus habitantes.
 
Algunos miraban con miedo, otros con resentimiento. Fernando lo entendía. No era un rey despiadado, no buscaba arrasar, sino edificar un orden nuevo. No bastaban las espadas ni los decretos, debía unir lo que la guerra había separado, dar cimientos a un reino que perdurara más allá de su tiempo.
 
 
Antes de él, otros habían reinado y perecido, pero su misión era distinta. Dios lo había puesto allí para hacer algo que el tiempo no borrara: un reino fuerte, indivisible, más allá de su vida. Respiró hondo. El aroma de la tierra reconquistada llenó sus pulmones. Por fin sintió paz. Su tarea estaba cumplida. No era solo un rey. Era el artífice de un destino.
 
 
Jesús Bermejo Lecuona 
Pamplona.
Licenciado en Derecho. 
Funcionario del Estado. 
(XVIII Antología)
 
 
 
 
 


jueves, 21 de mayo de 2026

ASÍ ESCRIBEN NUESTROS AUTORES

 



«… En la quietud sagrada de la arboleda, comprendió que gobernar era asumir el dolor del mundo, que no hay justicia sin cicatriz, ni poder sin alma que se desgaste por cada decisión escogida entre el deber y la compasión. Advirtió, que gobernar no era ordenar, sino dolerse. Que cada decisión desgarra algo que no se ve: una fibra íntima, una veta del espíritu…» (Fernanda T. J., pág. 96, «El susurro del olivo»).


miércoles, 20 de mayo de 2026

ANTOLOGÍA : EL SANTO Y LA CIUDAD ETERNA

 



EL SANTO Y LA CIUDAD ETERNA
 
 
La niebla del amanecer envolvía Sevilla cuando Fernando III se detuvo frente a sus murallas. Había soñado con este momento desde que emprendió la gesta de reunificar los reinos cristianos. No empuñaba la espada con furia, sino con el peso de una fe inquebrantable, la certeza de que la victoria debía traer justicia, no venganza.
 
 
Al fin, las puertas se abrieron. No hubo estruendo de batalla, solo el eco de sus pasos cuando cruzó la entrada. Sus hombres avanzaban en formación, pero sin la brutalidad del saqueo. Sevilla debía ser tomada, sí, pero no destruida.
 
El rey caminó hasta la Giralda observando el alminar que pronto cambiaría su función. Alzó la vista y habló: «Hoy termina una era, pero no el alma de esta ciudad. No habrá ruina, sino renacer».
 
Se arrodilló en la gran mezquita y hundió su espada en la tierra. No como amenaza, sino como juramento.
 
Desde lo alto del alminar, el último almuédano entonó el llamado a la oración. No era un grito de rendición, sino un eco del pasado que aún resistía en la memoria de Sevilla.
 
Fernando cerró los ojos y escuchó. Sabía que en aquel instante la historia estaba cambiando para siempre.
 
 
Antonio R. J.
(XVIII Antología)
 
 
 
 
 


martes, 19 de mayo de 2026

ASÍ ESCRIBEN NUESTROS AUTORES

 




«La noche antes de la batalla de Jaén, Fernando III me pidió que lo acompañara a la capilla. Yo era su escudero, tenía apenas diecisiete años y una lealtad que me dolía en el pecho. Caminamos en silencio por los pasillos de piedra con las antorchas temblando en la pared. Él llevaba su capa de terciopelo negro. Yo iba descalzo, como mandaban sus noches de oración. Nadie más nos vio salir. Nadie debía. Todo en esa escena parecía dispuesto para no ser contado nunca…» (Servando Trobo, pág. 94, «El escudero»).


lunes, 18 de mayo de 2026

ANTOLOGÍA 2025: EL CORAZÓN Y LA ESPADA

 



EL CORAZÓN Y LA ESPADA
 
 
No durmió, Fernando, la noche que conquistó Sevilla. Subió solo a la Giralda aún olorosa a incienso musulmán mientras sus hombres celebraban la victoria entre hogueras y vino. Desde allí miró el río, las casas blancas, el misterio de una ciudad que nunca sería suya del todo. Sintió una punzada en el pecho: no era el peso de la corona, sino el de la historia. Había vencido, sí, pero no odiaba al vencido. Con los ojos cerrados pensó en su madre, doña Berenguela, que le enseñó a gobernar con firmeza sin renunciar al alma. Pensó también en el dios que compartía con los suyos… y en el otro, que ahora callaba en las mezquitas. Cuando bajó de la torre, mandó que no se derribara el alminar, que lo transformaran en campanario. No por capricho, sino por respeto. «Para que su voz no se pierda del todo», pensó. Aquel gesto no hizo menos cristiano al rey, sino más humano. Y por eso le llamaron santo. No por los rezos, sino por las dudas que abrazó en silencio.
 
 
Javier Batallé Sáiz
Valladolid.
Fundador en 1981 del Círculo Artístico de Burgos y fundador y coeditor desde 1994 de la revista de literatura Luzdegás, Universidad de Burgos.
Representante en el Consejo Asesor, delegado general de la Facultad de Humanidades y vocal del Comité de Actividades socioculturales de la Universidad de Burgos (1994-1995).
Miembro del Consejo Sectorial del Instituto Municipal de Cultura hasta 2003.
(XVIII Antología)
 
 
 
 
 


jueves, 14 de mayo de 2026

ASÍ ESCRIBEN NUESTROS AUTORES

 



«… Las dos cohortes se alojan en el castillo, en alas opuestas. Pese a su contemporaneidad y a que ambos han venido desalojando al tiempo a los musulmanes en sus respectivos pagos, no se conocen en persona. Resta buena parte del sur por reconquistar, allí donde al-Ándalus exhibe poderío defensivo (Jaén, Sevilla… y la irreductible Granada), pero esa recuperación territorial compete al monarca piadoso y está en vías. Resta la intersección de una Murcia reivindicada por ambos. Para dirimir esa disputa están aquí…» (Juanma Velasco Centelles, pág. 92, «Poderes yuxtapuestos»).


miércoles, 13 de mayo de 2026

ANTOLOGÍA 2025: LA AGUJA DEL REY

 



LA AGUJA DEL REY
 
 
Durante el asedio de Sevilla, una mañana de otoño, el rey Fernando avanzaba junto a sus hombres cerca de las murallas de la Macarena. Sobre el arzón de su caballo, protegida por un manto azul, llevaba una imagen de la Virgen. Era su costumbre, más por devoción que por ceremonia.
 
Pidió aguja e hilo. Le ofrecieron llamar a un sastre del campamento, pero él negó con la cabeza. «Para los asuntos de la Virgen, bien puede hacer de sastre un rey», dijo sin solemnidad, solo con certeza.
 
Se sentó en una piedra y, con dedos más acostumbrados a la empuñadura de la espada que a la costura, zurció el manto con paciencia. Nadie se atrevió a hablar. Cuando terminó, besó la tela reparada y volvió a colocarla sobre la imagen. Luego montó de nuevo, y la marcha continuó.
 
Los sastres del campamento, al enterarse, lo nombraron hermano mayor de su gremio, el de san Crispín. Aquel día entendieron que el rey que levantaba iglesias también sabía remendar. Y que en la humildad, como en la guerra, Fernando no delegaba lo que tocaba al alma.

 
 
Roberto Elvira Mathez
Nació en 1989, reside en Madrid.
Estudios Culturales y Traducción, posdoctorado en la Universidad Oberta Catalunya. Doctor en la City University of New York.
XLII Premio de Poesía Ciudad de Badajoz (2023).
(XVIII Antología)
 
 
 
 
 


martes, 12 de mayo de 2026

ASÍ ESCRIBEN NUESTROS AUTORES

 




«… Al Señor que antes cantaban, / mis hermanas hoy invocan / para que volando al cielo / las cigüeñas, las alondras / acompañen nuestro vuelo / al monarca dando gloria / que nos liberó del fuego, / que nos liberó a nosotras» (Natalia Rizo, pág. 88, «El regreso a Santiago»).


lunes, 11 de mayo de 2026

ANTOLOGÍA 2025: EL LAMENTO DE SEVILLA

 



EL LAMENTO DE SEVILLA
 
 
La ciudad ardía. Desde lo alto de la torre recién conquistada, Fernando III contemplaba Sevilla. Era suya ahora, pero la victoria no sabía dulce. Las llamas lamían los muros y los gritos de mujeres y niños desgarraban la noche. «Es el precio de la fe», le había dicho el arzobispo, pero Fernando sentía otra cosa: la fe debía edificar, no destruir.
 
A lo lejos, el Guadalquivir fluía sereno, indiferente a las gestas humanas. Fernando bajó la vista a su armadura: cada golpe recibido era un recordatorio de su humanidad, de sus límites. «¿Cuántas almas han sido sacrificadas por esta cruzada?». El pensamiento le quemaba más que el calor de las llamas.
 
Un niño pasó corriendo frente a él, sucio y asustado, abrazando una figura de barro. Era un león de juguete, quizá un símbolo perdido de otra vida. Fernando lo observó hasta que desapareció entre las sombras. Entonces, inclinó la cabeza y susurró: «Señor, enséñame a gobernar con justicia, no con miedo».
 
Al amanecer, ordenó que se reconstruyera la ciudad, piedra por piedra. Sevilla no sería un trofeo, sino un hogar para sus habitantes. «Un rey no hereda tierras —pensó—, hereda corazones».

 
 
Seudónimo: Romina Méndez                                                                                                              
Nació en Montevideo (Uruguay) en el 2001.                                                                           
Estudia la licenciatura en Letras y la tecnicatura universitaria en Corrección de Estilo en la Facultad de Humanidades y Ciencias de la Educación, además de aprender chino mandarín. Escribe poesía y narrativa breve.
(XVIII Antología)
 


viernes, 8 de mayo de 2026

ANTOLOGÍA 2025: ASEDIO ETERNO

 


ASEDIO ETERNO

 
Fernando III sintió el peso de la lluvia en el yelmo mientras observaba las murallas de Sevilla desde Alcalá del Río. Era agosto de 1247, y el Guadalquivir llevaba en sus aguas el jadeo de dieciséis naves cántabras construidas para romper el puente de Barcas.
 
«Sin el río, la ciudad es un león sin garras», murmuró al almirante Bonifaz, cuyo rostro quemado reflejaba meses de batallas fluviales contra las cadenas musulmanas.
 
En el campamento de Tablada, donde soldados gallegos y vizcaínos compartían fogatas con carpinteros mudéjares, el rey trazó sobre un pergamino mojado la estrategia final: «Aislaremos el Aljarafe. Hambrearemos sus torres».
 
Las catapultas lanzaban piedras marcadas con cruces, mientras frailes franciscanos entonaban el Vexilla Regis entre heridos moriscos.
 
«Ni alcázares compartidos ni tributos a medias», rugió Fernando blandiendo la espada que había fundido campanas para Jaén. Cuando las naves de Bonifaz quebraron el puente en mayo, el gemido de las cadenas rotas se confundió con el llanto de las mujeres musulmanas que tejían mortajas en Triana.
 
En noviembre, al recibir las llaves de la ciudad entre olivares calcinados, el rey ordenó: «Que los vencidos lleven sus libros y sus hijos».
 
 
Al morir en 1252, vestido con sayal de esclavo, sus últimas palabras fueron para el obispo Remondo: «El tiempo ahora es de Dios. Mis horas fueron campanas de guerra».
 
Bajo la losa desnuda de la catedral, el silencio guarda aún el eco de aquellas clepsidras rotas que midieron un reinado forjado entre salmos y acero.

 
Francisco Javier S.
(XVIII Antología)