Pamplona.
Licenciado en Derecho.
Funcionario del Estado.
(XVIII Antología)
«… En
la quietud sagrada de la arboleda, comprendió que gobernar era asumir el dolor
del mundo, que no hay justicia sin cicatriz, ni poder sin alma que se desgaste
por cada decisión escogida entre el deber y la compasión. Advirtió, que
gobernar no era ordenar, sino dolerse. Que cada decisión desgarra algo que no
se ve: una fibra íntima, una veta del espíritu…» (Fernanda T. J., pág. 96, «El
susurro del olivo»).
«La
noche antes de la batalla de Jaén, Fernando III me pidió que lo acompañara a la
capilla. Yo era su escudero, tenía apenas diecisiete años y una lealtad que me
dolía en el pecho. Caminamos en silencio por los pasillos de piedra con las
antorchas temblando en la pared. Él llevaba su capa de terciopelo negro. Yo iba
descalzo, como mandaban sus noches de oración. Nadie más nos vio salir. Nadie
debía. Todo en esa escena parecía dispuesto para no ser contado nunca…»
(Servando Trobo, pág. 94, «El escudero»).
«… Las
dos cohortes se alojan en el castillo, en alas opuestas. Pese a su
contemporaneidad y a que ambos han venido desalojando al tiempo a los
musulmanes en sus respectivos pagos, no se conocen en persona. Resta buena
parte del sur por reconquistar, allí donde al-Ándalus exhibe poderío defensivo
(Jaén, Sevilla… y la irreductible Granada), pero esa recuperación territorial
compete al monarca piadoso y está en vías. Resta la intersección de una Murcia
reivindicada por ambos. Para dirimir esa disputa están aquí…» (Juanma Velasco
Centelles, pág. 92, «Poderes yuxtapuestos»).
«… Al
Señor que antes cantaban, / mis hermanas hoy invocan / para que volando al
cielo / las cigüeñas, las alondras / acompañen nuestro vuelo / al monarca dando
gloria / que nos liberó del fuego, / que nos liberó a nosotras» (Natalia Rizo,
pág. 88, «El regreso a Santiago»).