martes, 21 de abril de 2026

ASÍ ESCRIBEN NUESTROS AUTORES

 



«Las llaves de Córdoba cuelgan del aire en un gesto suspendido, como el último suspiro de un mundo que se disuelve. En la quietud de la mezquita, donde el eco de siglos se entrelaza con las sombras de lo sagrado, veo a Fernando III el Santo, su aureola de luz atrapando la gloria de un instante. Las llaves, frías y metálicas, como la mano que las sostiene, se entregan sin resistencia. ¿Quién las da y quién las recibe? No solo un monarca, sino la historia misma que se arrodilla ante un poder que viene de lo divino…» (Manuel Bermúdez Vázquez, pág. 78, «Las llaves de Córdoba»).


lunes, 20 de abril de 2026

ANTOLOGÍA 2025: DE TAL PALO, TAL ASTILLA

 



DE TAL PALO, TAL ASTILLA
 
 
El mensaje que cubrió la corte de duelo y desgracia llegó al alba cuando el sol aún no calentaba y la niebla ocultaba los campos. Desde entonces, yo, el rey Fernando, guerrero victorioso en mil batallas, lloro como un niño la muerte de la reina Berenguela en Burgos.
 
Conozco los estragos de la muerte, sé lo que es perder a quien amas. Muy grande fue el duelo por mi primera esposa, la prudente y bella Beatriz, hija y nieta de emperadores, madre de diez de mis hijos, entre ellos Alfonso, esperanza del reino… y, sin embargo, hallé consuelo. Pero ahora pierdo una madre y la regente que gobernaba con mano sabia mis reinos cuando la guerra me apartaba de ellos. ¿Cómo llenaré este vacío que se abre ante mí? La corona y el poder pesarán más sobre mi cabeza y mis hombros desde hoy.
 
Doña Berenguela me dio la vida y los reinos que ahora son míos; para convertirme en rey de Castilla renunció al trono que le correspondía. También la corona de León me llegó de su mano, ¿acaso no fue ella quien la negoció con doña Teresa en Benavente, evitando la guerra?   Esa misma mano que me sostuvo cuando aprendía a caminar y que me ha guiado treinta años en las tareas de gobierno. Si celebro mis victorias socorriendo a los menesterosos, si soy clemente con los vencidos y si sé que la palabra es más útil que la espada con los enemigos internos, es porque ella me lo enseñó.
 
Por todo ello y para ser digno hijo de tan gran reina, he acrecentado, en mucho más que cuantos me precedieron, las tierras de Castilla y la gloria de cristiandad a costa de los infieles.
Florecía la primavera cuando la vi por última vez el año pasado. Disfruté de su necesaria compañía, me regaló consejos y el calor de su abrazo y sus besos al partir.
 
En las Huelgas Reales ha muerto la reina doña Berenguela, mi madre, pero es todo el reino quien queda huérfano.
 
 
M.ª Teresa Becerra López
Nacida hace sesenta y un años en Ronda (Málaga), aunque actualmente reside en Antequera (Málaga).
Licenciada en Geografía e Historia por la Universidad de Málaga, ha ejercido como profesora de enseñanza secundaria durante treinta y seis años.
Desde hace unos meses escribe relatos de manera aficionada y ha sido reconocida como finalista en el I premio Puy du Fou de literatura y pintura y ha obtenido el segundo premio en el XXV concurso de relato corto Ochavada.
(XVIII Antología)
 
 

viernes, 17 de abril de 2026

ANTOLOGÍA 2025: EL SANTO GUERRERO

 



EL SANTO GUERRERO
 
 
Hallábase don Fernando inmerso en la enésima cruzada contra los sarracenos por tierras hispánicas, frente a las murallas de Alcalá de Guadaíra.
 
En un pequeño promontorio, desde donde lo divisaba todo, había situado su jaima real. Al fondo observaba la fortificación, el alcázar y las corachas. Bajos sus pies se extendían sus huestes acantonadas. Acá y acullá había trasiego de caballeros y soldados. Los peones protegían con empalizadas y fosos el vasto campamento; líneas de fundíbulos rodeaban las murallas, preparados para el decisivo asalto; detrás, el meandro del río Guadaíra y los lanceros reales aguardaban la huida de los fortificados llegado el caso.
 
Fernando sostenía en su vigorosa mano su espada Lobera, azote de los musulmanes, con la que su madre le nombró caballero y que blandiría sobre las cabezas de los infieles.
 
La hoja de acero reflejaba la luz que le cegaba, y la cruz de la empuñadura le procuraba la serenidad y el sosiego que permitirían a su alma ofrecer a Dios sus logros y conquistas.
 
Fernando III siempre agotó los caminos del entendimiento con sus enemigos hasta el límite. Prueba de ello, entre otras cosas, fue la imperiosa negativa a luchar contra su padre, rey de León.
 
Su reinado cambió el curso de la historia para llevarla hasta la construcción de la España que se nos dio y que conocemos. 
 
 
Antonio Vallejo Parra
Nació en Fiñana (Almería) en 1958. En el año 1962 sus padres emigraron a Cataluña, donde vive desde entonces. Casado, padre de tres hijos, actualmente reside con su esposa en Vilanova i la Geltrú (Barcelona).
Bachiller y técnico de grado medio, ha sido policía durante cuarenta años. Ahora dedica su tiempo a la escritura. Participa asiduamente en certámenes literarios.
Publicaciones: Desde mi ventana azul (2023). Actualmente ha escrito una novela histórica de amor y superación que discurre desde inicios del siglo pasado hasta nuestros días. 
(XVIII Antología)
 
 
 
 
 
 

jueves, 16 de abril de 2026

ASÍ ESCRIBEN NUESTROS AUTORES

 




«… De Compostela las viejas campanas, / a hombros de mil cautivos viajeras, / luminarias de sol en la mezquita, / mudas esperan que amanezca el alba / que soñaron los reinos y los hombres, / y repicar con nuevas notas santas…» (María Teresa Mendiguchía González, pág. 74, «Córdoba: un sueño de Fernando»).


martes, 14 de abril de 2026

ASÍ ESCRIBEN NUESTROS AUTORES

 




«… Las voces de alarma lo arrancan de su postración. Unos jinetes se acercan desde el cercano castillo de Guadalerzas, desmontan agitados, traen noticias. Fernando rasga el sello de la reina Berenguela y lee las palabras de su madre. El Señor arrebata. El Señor otorga. Si le ha privado de la victoria que le habría abierto las puertas de al-Ándalus, a cambio le ofrece un nuevo reino. Su padre, el rey de León, ha muerto…» (Roberto Sánchez, pág. 72, «Un nuevo reino»).


lunes, 13 de abril de 2026

ANTOLOGÍA 2025: MÁS ALLÁ DEL GUADALQUIVIR

 



MÁS ALLÁ DEL GUADALQUIVIR

 
«Nadie sabe que estoy aquí. Las doncellas aún deben estar dejándome dormir y ya sabe mi camarera mayor que hoy no querré el desayuno y que permaneceré en mis aposentos todo el día con la orden tajante de que nadie bajo ninguna circunstancia me interrumpa. Toda la noche he viajado en silencio, el rosario en una mano, mi Biblia en la otra. Puede que hayan sido más de dos. No lo sé. El viaje ha sido largo.
 
»Nadie sabe que estoy aquí, que desde la retaguardia veo a mi Fernando cruzar el río por el puente de Barcas y entrar glorioso en Sevilla. Me pesan los miembros y bien me podría ir a descansar; sin embargo, he de aguantar por él aunque las fuerzas me flaqueen.
 
»Nadie sabe que estoy aquí, apoyándolo como siempre. Mantener la estabilidad aun en aquellos momentos en los que León y Castilla no eran un único reino ha sido mi mayor triunfo. Miento. Mi mayor triunfo ha sido él. Lo he hecho todo por él, por verlo reinar, aconsejándole gobernar desde la sabiduría, la justicia y la piedad».
 
Nadie supo nunca lo que Berenguela de Castilla soñó en su lecho de muerte. El viento que rozaba sus mejillas no era el del sur, sino aquel que entraba por una de las tantas ventanas del monasterio de Santa María la Real de las Huelgas en Burgos.
 
Al otro lado del campo de batalla, dos años más tarde, un batallón de hijos piensa en sus madres, incluido un rey. No entró como lo predijo su consejera más leal por la puerta de la torre del Oro, pero sí lo hizo por la de Goles. Triunfo que jamás habría logrado solo.
 
 
 
Raquel Hernández Contreras
Madrid, 1982.
Licenciada por la Universidad Complutense de Madrid en Filología Hispánica, Teoría de la Literatura y Literatura Comparada. Máster en Literatura Comparada (University of London).
Docente, traductora, correctora y escritora. 
Publicaciones: los cuentos «Volver a respirar», Revista Descontamina (2016); «La lógica» y «El entierro» (mención en el concurso Bonaventuriano de cuento y poesía, 2019), y el artículo académico «Los textos literarios como recurso en la enseñanza de una segunda lengua: la importancia de la lectura estética en el aula», revista Waya (2021).
(XVIII Antología)
 
 
 
 
 

viernes, 10 de abril de 2026

ANTOLOGÍA 2025: EL SUSURRO DEL OLIVO

 



EL SUSURRO DEL OLIVO

 
Mientras la corte celebraba con vítores la rendición de Jaén, Fernando III se alejó en silencio hacia un campo de olivos antiguos. La luna, alta y maternal, flotaba como un relicario abierto sobre el mundo, derramando su luz blanca sobre la tierra aún caliente de historia y sacrificio. Bajo un árbol de tronco herido y ramas extendidas, el rey se arrodilló. Nadie fue testigo de su llanto, salvo Dios y las raíces sosegadas que habitan lo profundo.
 
No elevó alabanzas, ni pronunció victorias. No pidió absolución, ni ofreció promesas. Solo dejó caer su alma en forma de lamento y brotó de él un susurro de duelo: por los hombres que no regresarían, por las madres que velarían en vano, por los campos que se teñirían de rojo antes de ver la lluvia.
 
 
Esa noche no se sintió rey, ni vencedor. Se sintió hombre. Frágil. Y por eso, más cerca de Dios que nunca. El olivo inclinó sus ramas con la dulzura de un padre que envuelve a su hijo y Fernando apoyó la frente sobre el tronco áspero. Allí comprendió que su santidad brotaría del dolor dignificado y que la verdadera grandeza reside en vencer el orgullo y entregarse hacia un bien mayor.
 
Aquella noche, selló en lo más hondo de su ser la paz más ardua de todas: la de quien ha elegido luchar por amor hacia los demás. Y en esa entrega callada nació la eternidad, pues solo quien se vacía de sí puede ser lleno de Dios, y bajo un olivo milenario Fernando dejó de ser rey para volverse siervo del eterno reino.
 
 
Fernanda T. J.
(XVIII Antología)
 
 
 
 
 


jueves, 9 de abril de 2026

ASÍ ESCRIBEN NUESTROS AUTORES

 



«… Cuando el rey castellano penetró en los aposentos privados del alcázar encontró al emir postrado ante sus pies. Aquel le tendió entonces la mano para que se incorporara y, al hacerlo, al-Bayyasi mostró sus ojos anegados en lágrimas. Cuando don Fernando le preguntó a qué era debida su congoja, el emir almohade le dijo que su hijo primogénito había enloquecido durante la noche a causa de un mal sueño y le aseguraba que tan solo el más grande y noble de los reyes cristianos podía curar su locura…» (Antonio Burgos Peñasco, pág. 70, «El hijo moro»).

 


miércoles, 8 de abril de 2026

ANTOLOGÍA 2025: EL ESCUDERO

 



EL ESCUDERO

 
La noche antes de la batalla de Jaén, Fernando III me pidió que lo acompañara a la capilla. Yo era su escudero, tenía apenas diecisiete años y una lealtad que me dolía en el pecho. Caminamos en silencio por los pasillos de piedra con las antorchas temblando en la pared. Él llevaba su capa de terciopelo negro. Yo iba descalzo, como mandaban sus noches de oración. Nadie más nos vio salir. Nadie debía. Todo en esa escena parecía dispuesto para no ser contado nunca.
 
Se arrodilló frente al altar, pero no rezó. Pasaron minutos. Luego dijo, sin mirarme: «Tengo miedo». Su voz era tan baja que apenas la oí. Me quedé quieto, con los músculos tensos, como si pudiera romper aquel instante con solo respirar.
 
«No temo morir —añadió—. Temo decidir. Temí siempre equivocarme. Cada paso que doy se convierte en destino para miles. ¿Y si no estoy siendo justo? ¿Y si Dios calla y yo no lo escucho?». Me temblaban las piernas. Nunca había oído al rey hablar así. Nunca lo había sentido tan cerca ni tan humano.
 
No supe qué decirle. Solo asentí aunque él no me miraba. Al cabo de un rato, se levantó, apoyando la mano en mi hombro. Su palma estaba fría. «Nunca repitas lo que has oído esta noche», murmuró, y salió por donde habíamos venido, con la espalda tensa, como si aún llevara el peso del reino sobre los hombros.
 
Nunca lo hice. Hasta ahora.
 
Han pasado cuarenta años. Fernando ya es santo. Pero yo lo recuerdo hombre. Humano. Vivo. No el rey de las leyendas, sino el hombre que dudaba a solas en la penumbra. Y fue entonces, temblando en aquella capilla, cuando supe que no seguía a un rey. Seguía a un hombre que temía a Dios. Y ese fue su mayor gesto de santidad.
 
 
Servando Trobo
Laredo, 1973.
Escritor y poeta.
Tras una etapa en Madrid, ha regresado a su ciudad natal, donde la literatura se ha convertido en su forma de reconstrucción personal y expresión creativa. Su obra, de tono íntimo y humano, explora con honestidad temas como la pérdida, el tiempo y la identidad. 
(XVIII Antología)
 
 

martes, 7 de abril de 2026

ASÍ ESCRIBEN NUESTROS AUTORES

 




«… De nuevo ampárame, Señora mía, en este año de 1224, era 1186. Sepa yo vencer a tus enemigos, ya por filo de espada, ya por pactos y palabras. No será bre­ve la campaña, lo preveo; puede que ocupe el resto de mis años, pues son muchas las plazas —Jaén, Mur­cia, Córdoba, Sevilla— bastiones de robustos muros y bien sostenidos…» (Juan Antonio Caro Cals, pág. 68, «El signo de una campaña»).