martes, 3 de febrero de 2026

ASÍ ESCRIBEN NUESTROS AUTORES

 




«Fernando camina entre muros que no resuenan. Los soldados le ven como rey, pero él solo siente el peso de un nombre que le precede. En la mano, la espada; en el pecho, una oración aún sin escribir. Sabe que la guerra nunca purifica, pero calla, porque la fe también es silencio…» (Júlia Rosell Saldaña, pág. 30, «Donde rezan las piedras»).


lunes, 2 de febrero de 2026

ANTOLOGÍA 2025: EL SANTO EN LA SOMBRA

 



LA VIGILIA DE LOS MUROS

 
Y luego, apareció mi madre, Berenguela, con su rostro de vela consumida, y me tendió un cáliz lleno de lágrimas. «Bebe, hijo mío. Esto es lo que cuesta el reino de los justos. Esto es lo que vale la salvación de los pueblos».
 
Lo bebí. Era sal. Era hierro. Era ceniza. Y entonces soñé. O quizá no soñé. La mezquita se abría ante mí como una catedral invertida, sus columnas como costillas de una ballena negra. Caminaba descalzo sobre alfombras de oraciones antiguas. Y al llegar al mihrab, una voz me dijo: «Aquí no hay enemigos. Solo hombres arrodillados ante distintos silencios».
 
Desperté con el alba clavada en los párpados. Mi espada estaba cubierta de escarcha. Mis rodillas, hundidas en tierra de batalla. Y supe que no conquistaría la ciudad con la violencia de los hombres, sino con el peso de un designio más alto.
 
Cuando entré en Córdoba, no hubo sangre. Solo campanas. Pero aún hoy, cuando cierro los ojos en las noches de ayuno, siento que la ciudad me observa no como a un rey santo, sino como a un ladrón de templos.
 
 
José Alberto R. C.
(XVIII Antología)
 
 

viernes, 30 de enero de 2026

ANTOLOGÍA 2025: EL SANTO EN LA SOMBRA

 



EL SANTO EN LA SOMBRA

 
Fernando III no dormía, atrapado en la vigilia de un alma inquieta. ¿Quién podría conciliar el sueño en esa encrucijada de destinos? La noche ya era negra, profunda, pinchada de puntos blancos como heridas luminosas en el cuerpo del cielo y avanzada hasta el borde del alba. Pero él seguía con los ojos abiertos, mirando la historia que se desplegaba enfrente, como un pergamino infinito. En las largas noches de campaña, entre el crepitar de las hogueras que iluminaban los rostros agotados de sus hombres, su mente trazaba mapas detallados de un reino fragmentado, una tierra partida por ríos de sangre y murallas de desconfianza. No era el oro lo que buscaba, ni la gloria vana de los trovadores que cantaban hazañas efímeras: era la paz, esa quimera celestial en la tierra, un ideal tan frágil que se le escapaba entre los dedos como arena fina arrastrada por el viento del Guadalquivir. Rezaba en silencio, arrodillado sobre la tierra, con las rodillas hundidas en el barro, pidiendo fuerza al cielo para ser más que un conquistador, para transcender la armadura y el título, para ser un hombre: un alma viva entre las ruinas de la guerra. Sus soldados, con sus yelmos polvorientos, lo veían como un titán forjado en hierro y fuego, pero él se sabía frágil, un humano que cargaba el doble peso de la cruz y la espada, un cuerpo mortal bajo el yugo de una santidad que no era un don, sino una carga que le pesaba en la espalda, noche tras noche. Y en ese cielo perlado de estrellas, juró que su legado sería eterno, un puente luminoso hacia Dios, no un muro de piedra que separara a los hombres, no una trampa de ambiciones terrenales, sino pura luz que guiara a los extraviados a través de los siglos, un eco de su fe resonando en las campanas que aún no habían sonado.
 
 
Carlos La Casa
Nació en Buenos Aires en 1981. 
Premios: Premio Orsai de novela con Festival (2022); Premio Sor Juana Inés de la Cruz por su novela Evita replicada (2018), que ya había sido finalista del Premio Clarín en 2015 y 2017; concurso Historias y Mitos de Barrios de Buenos Aires, organizado por la Fundación El Libro (2009); finalista del Premio Nuevas Plumas de Crónica Periodista (México, 2014) y tercer premio La Nación para jóvenes periodistas (2000).
(XVIII Antología)
 
 
 
 
 
 

jueves, 29 de enero de 2026

ASÍ ESCRIBEN NUESTROS AUTORES

 




«… Yo procuré, Señor, devolverte las invadidas tierras, y que volteen las campanas en tu alabanza desde los que minaretes fueron. A ello, al temor de mis pecados y a la formación de mis hijos, he dedicado mi vida…» (Gloria Fernández Sánchez, pág. 28, «La cruz y la espada»).


miércoles, 28 de enero de 2026

ANTOLOGÍA 2025: EL REY FERNANDO III ANTE EL SEÑOR

 



EL REY FERNANDO III ANTE EL SEÑOR

 
Alcázar de Sevilla, 30 de mayo de 1252.
 
No quise hurtar la cara al tiempo de porfía
que me tocó vivir. Aquí tenéis, Señor,
en la postrera hora, a vuestro humilde siervo.
Bien sé que comparezco sin privilegio alguno
ante la eterna ley que juzga a cada hombre
al margen de su rango, su acento o sus riquezas.
 
A este cuerpo, mermado de tantas cabalgadas,
canículas y cierzos, asedios y contiendas,
las fuerzas ya abandonan… Y hoy ante vos se postra,
con un simple sayal por toda vestimenta.
 
Traté de hacer el bien, cuidando de mi pueblo
y atendiendo a su espíritu, que medra con el arte,
las letras, la justicia y especies similares.
Quise extender la fe más allá de mis reinos
por dar toda la gloria al reino de los cielos.
Luché con el coraje de quien tal vez conoce
que en ello van la vida y el alma de sus gentes,
mas nunca han sido lema la inquina o la barbarie
en mi forma de hacer la guerra y aun la paz.
 
Decidí culminar la empresa que mi ancestro
encaminó en Las Navas: una España cristiana
desde el norte hasta el sur y de oriente a occidente.
Hoy sé que no me es dado —como a Moisés, quizá—
llegar a ver tal cosa, mas partiré sabiendo
que tras de mí vendrán quienes lo tornen cierto.
 
Solo quisiera, en fin, rogaros que mi espíritu
halle reposo en vuestro seno. Fervientemente,
suplico reunirme con las almas de aquellos
que tanto me valieron, en vuestra gloria estén:
mi madre Berenguela, bastión de luz y guía;
doña Beatriz, bienquista y recordada esposa;
o el inefable obispo de Burgos, don Mauricio,
tan certero y cabal en todos sus consejos.
 
Y si acaso topara con viejos enemigos,
sean cristianos, moros o judíos —sospecho
que la misericordia alcanza para todos—,
sé que no habrá, Señor, rencillas ni rencores…
pues jamás en los cielos cabrán ciertas palabras
que siempre, aquí en la tierra, ensucian nuestras almas.
 
 
 
Manuel Javier Aroca Iglesias
Escribe poesía, fundamentalmente, y también relatos y obras de teatro. Sus trabajos han recibido diferentes premios.
Publicaciones: en marzo de 2018 ve la luz su primer poemario, Como quien silba en el vacío (BajAmar editores); en la primavera de 2019 publica, junto con el fotógrafo almeriense Clemont Padilla, el libro Secuencia de parpadeos, al cual aporta el texto; en junio de 2022 sale de imprenta su segundo poemario, Ley no escrita (BajAmar editores).
(XVIII Antología)
 
 
 


martes, 27 de enero de 2026

ASÍ ESCRIBEN NUESTROS AUTORES

 




«… Pero la providencia es caprichosa, a la par que divina, y quiso disponer en las manos de Fernando el cincel con el que un líder había de esculpir un solo escudo sobre la dura piedra de dos tierras hermanas…» (Francisco Javier Parras Álvarez, pág. 26, «Atalaya de mármol»).


lunes, 26 de enero de 2026

ANTOLOGÍA 2024: DONDE REZAN LAS PIEDRAS

 



DONDE REZAN LAS PIEDRAS

 
Fernando camina entre muros que no resuenan. Los soldados le ven como rey, pero él solo siente el peso de un nombre que le precede. En la mano, la espada; en el pecho, una oración aún sin escribir. Sabe que la guerra nunca purifica, pero calla, porque la fe también es silencio. De noche, descalzo, entra en la ermita. No pide victoria, sino comprensión. El viento le susurra el nombre del padre, del hijo, de una esperanza que se deshace. Sobre la piedra fría apoya la frente y deja allí una pregunta: «¿Puede un hombre ser santo si duda?».
 
Las ciudades conquistadas le hablan con lengua antigua, y él las escucha como quien oye misas dichas por voces de otros siglos. No busca gloria, sino un rincón donde la memoria pese menos. Se viste de rey, pero sueña ser pastor. Algunas noches se desvela y escribe con el dedo sobre el polvo: «He amado a Dios, pero no sé si él me ha visto».
 
Cuando muere, nadie sabe si sonríe. Pero entre las piedras del monasterio queda un calor leve, como de un alma que aún busca su lugar entre la historia y el silencio.
 
 
Júlia Rosell Saldaña
Seudónimo: Pilum Muralis.
Barcelona, 1987.
Escritora y compositora por vocación, pensadora amateur y exploradora simbólica del mundo.
Ganadora de varios certámenes literarios, está especializada en inteligencia artificial y poshumanismo por vocación filosófica.
Ganadora de varios certámenes literarios, está especializada en inteligencia artificial y poshumanismo por vocación filosófica.
(XVIII Antología)
 

viernes, 23 de enero de 2026

ANTOLOGÍA 2025: LA CRUZ Y LA ESPADA

 



LA CRUZ Y LA ESPADA

 
Sevilla, 1248.
 
Extraño las cartas de Luis, noveno rey de su nombre, que ya no llegan de Francia. Es primo mío y su madre, la reina doña Blanca, hermana de doña Berenguela, la mía, quien ya goza del Señor. Nos han educado de un modo tan similar, con tal embeleso en Dios y en la pobreza, con tal sangre de conquista, que uno parecemos. Yo, el mayor, atónito ante la perfección de su espíritu.
 
Luis parte ahora al mando de la Séptima Cruzada desde Aigues-Mortes, intentando llegar a Damieta, en Egipto, pues de nuevo ha sido tomada Jerusalén.
 
Yo procuré, Señor, devolverte las invadidas tierras, y que volteen las campanas en tu alabanza desde los que minaretes fueron. A ello, al temor de mis pecados y a la formación de mis hijos, he dedicado mi vida.
 
Me han relatado los cancilleres que el monarca inglés, Enrique III, es también devoto y llora durante los sermones, lo que me complace grandemente. Reza a san Eduardo el Confesor, como yo hago con san Isidoro. Toca a los que padecen escrófula y, por el poder del Altísimo, se curan muchos.
 
Nosotros somos ejemplo de nuestros súbditos y cuanto más cercanos a Dios, más se aproximarán ellos a él, y la modestia en los reyes, siendo más visible, hace frugales las cortes. Y el extender la fe, aun a costa de la vida, es obligación de quienes aguardan la consolación eterna.  
 
Así han arribado mis hombres al sur de la península: con la cruz en una mano y la espada en la otra. Con esta última nada es posible si la cruz no lo ha dictaminado así. Tal lo he observado en la providencia, que quiso hacerme rey, tras la desaparición de tantos herederos que me antecedían. No verán mis ojos, cuyo pábilo ya se extingue, una totalmente cristiana Europa. Pero mi hijo Alfonso lo hará. Así sea.
 
Yo, Fernando, rey por la gracia de Dios
 
 
Gloria Fernández Sánchez
Madrid, 1960.
Licenciada en Derecho y en Historia Antigua.
Ganadora de unos noventa premios literarios en la última década.
Ha publicado quince libros y fue parcialmente traducida al italiano y al alemán.
(XVIII Antología)

 


jueves, 22 de enero de 2026

ASÍ ESCRIBEN NUESTROS AUTORES

 




«… Gran señora, faro en la tormenta, / tejió con hilos de amor y firmeza / el manto que cubriría a un rey, / y en su pecho el eco de un corazón guerrero / resonó, eterno, en la historia y la leyenda…» (Manuel García González, pág. 22, «Doña Berenguela»).


miércoles, 21 de enero de 2026

ANTOLOGÍA 2025: ATALAYA DE MÁRMOL

 



ATALAYA DE MÁRMOL

 
De mi vientre nació un niño al que pusimos de nombre Fernando, pero al que los castellanos apodaron como el Leonés y los leoneses como el Castellano. Criatura de regios padres, pero sin más destino que estirar sus días bajo las sombras de sus progenitores, largas como atalayas de mármol. Pero la providencia es caprichosa, a la par que divina, y quiso disponer en las manos de Fernando el cincel con el que un líder había de esculpir un solo escudo sobre la dura piedra de dos tierras hermanas.
 
Primero fue coronado en Castilla gracias a mis gestiones y, pese a su juventud, supo apaciguar a nuestro sufrido reino de las terribles fiebres que sus luchas intestinas le provocaban. Tan joven y tan sabio.
 
Pero no eran tiempos de dormirse en los laureles. Las tierras del sur clamaban por tambores de guerra, y el rey Fernando acudió en su auxilio, mordisqueando la vega del Guadalquivir y erosionando las altas cumbres de Sierra Morena. Paso a paso, poco a poco. Implantando el cristianismo allá donde antes reinaban los moros.
 
A la muerte de su padre, la corona del reino de León reposó sobre su cabeza, reduciendo a cenizas el fuego que enemistaba a dos hermanas y uniendo en un solo corazón sus almas heridas. Rey Fernando III de Castilla y León: pacificador, reunificador y guerrero al mismo tiempo.
 
Mas aún quedaba otra importante batalla que librar para ser considerado como un grande de nuestra patria: achicar la antigua al-Ándalus al reducido territorio del reino de Granada.
 
Y yo, doña Berenguela, confirmo la veracidad de las proezas de tan magno «facedor de Españas», de la misma forma que puedo asegurar que un día lo vi salir de mis entrañas.
 
 
 
Francisco Javier Parras Álvarez
Reside en Paterna (Valencia).
Premios: el XIII premio de relato corto Encarna León; el VI certamen de microrrelatos 100 Palabras para la Igualdad; el III concurso de literatura infantil Hortensia Roig y el I certamen A de Alzhéimer.
Publicaciones: 1911 Cosecha de una tierra sin arar y El valle donde no se utilizaban los números negativos.
(XVIII Antología)