CON
ESE MISMO ÍMPETU
Fernando no lo dudó, abrazaba la cruz con el mismo ímpetu
que blandía la espada o la pluma, y si sus primeras enseñanzas infantiles
estuvieron tuteladas por el latín, tenía la certeza de que el castellano, ese
que se había convertido en lengua vehicular de todos los estratos del pueblo,
debía de tomar definitivamente el relevo. No fue fácil, desde no pocos
estamentos le llegaron los reproches y amenazas veladas por esos devaneos cada
vez mayores con esa lengua romance, tachada de vulgar allá donde la cultura
gozaba de mayor acomodo y que era todavía en muchos casos considerada como una
advenediza.
Con ese mismo ímpetu con el que ordenó levantar
catedrales —tal las de Burgos, Toledo, León…— o potenció las letras y la música
o los nuevos templos de sabiduría, véase Salamanca, o buscó la unificación de
todos sus reinos para aunarlos desde un sentido de equilibrio e igualdad, con
ese mismo ímpetu, decíamos, que abrazaba la cruz y blandía la espada y la pluma;
el rey Fernando, el tercero, decidió que el castellano había alcanzado su
mayoría de edad, oficializándolo, debía ser ese nexo que acabaría con el correr
de los siglos llamando al hermanamiento de tantos pueblos diseminados por los
cinco continentes con ese lazo inextinguible, la palabra, que llega a unir
tanto (o acaso más) que la sangre.
Manuel Laespada Vizcaíno
Su aprendizaje poético se recoge a lo largo de catorce poemarios
publicados, merecedores de otros tantos premios, entre los que destacan: Plenilunio
descalzo, Premio Luis Feria (La Laguna); Los dedos de la sombra,
Premio Poeta Mario López (Bujalance); La piel indefensa, Premio Ciudad
de Pamplona; Del amor caído, Premio Ciudad de Mérida; La sombra
compartida, Premio Tardor (Castellón); Ponme caras, Premio Gerardo
Diego (Cantabria). En poesía infantil ha publicado el poemario Anividanzas
y en prosa Un baño de palabras y La complicidad de la duda,
Premio Cartapuebla (Miguelturra).
(XVIII Antología)