Pergamino, Buenos Aires (Argentina).
Escritor y crítico cultural.
Publica ensayos y reflexiones sobre arte, cine y literatura en https://clasevlog.medium.com.
(XVIII Antología)
«… Recuerdo cómo escuchabas el consejo
de la abuela Berenguela. Gracias a ella no hubo sangre fraterna derramada en la
unión de los reinos, pues tú, que podías haber tomado León por la fuerza,
decidiste anexarlo a Castilla con acuerdos. Ni Sancha ni Dulce, tus
hermanastras, quedaron despojadas ni agraviadas. Fuiste justo sin dejar de ser
fuerte, y esa enseñanza no se aprende en los campos de batalla, sino en el
corazón del hogar…» (Lara Martí Blasco, pág. 196, «El epitafio perdido»).
«… La
soledad gozosa tiene sus horas, / esas que yo ahora alimento recordando / al
que me dio la vida, al rey Fernando III, / al que hizo de su vida un ejemplo. /
Rey de Castilla y de León, / hijo de la sabia Berenguela, / que los reinos
gobernó en su ausencia, / Fernando, el padre mío, / amplió los límites de sus
reinos / y los aseguró, llegando a los límites de Granada…» (Joaquín Iborra
Mateo, pág. 192, «Yo, Alfonso, hijo de Fernando»).
«…
Ahora me encuentro al hombre que se despoja de todo, que renuncia a sí mismo,
que cede cetro, espada Lobera y corona, que echa ceniza sobre su cabeza y viste
dogal al cuello, que cambia el lustroso armiño por un camisón blanco. El hombre
que ya no es rey, arrobado, en trance, brazos en cruz y humillado a la sagrada
hostia. El hombre que unificó definitivamente los reinos de Castilla y de León,
el que fijó el idioma castellano como lengua oficial de los documentos del
Estado, el que acabó con la España de los cinco reinos y recuperó los
territorios por legítima defensa y para la pacífica posesión…» (M.ª Teresa
Castaño Palacios, pág. 190, «Una hora en las postrimerías de Fernando III»).
«… De
todos los monarcas que distorsiona el tiempo, / noticias amañadas, fariseos
bulos que el vulgo acepta, hoy como ayer, / tal si fueran axiomas, con la
crédula fe del carbonero, /un conquistador descuella: Fernando de Castilla / tercero
de su nombre que lo fue de León, pero nunca de España. / Conquistó Sevilla y
otras plazas al moro, / impuso a Granada leonino tributo que postergó su fama /
a la última conquista de esos reyes postreros de Aragón y Castilla /que un
imperio engendraron cuando España era solo un suspiro, /para cumplir con creces
el sueño apócrifo de Fernando / y de Alfonso, su hijo, que llamaron el Sabio…»
(Jesús Andrés Pico Rebollo, pág. 186, «De vasallos y reyes»).