Yo observaba desde las sombras, contenido.
Las órdenes eran claras: no tocar los arcos, no derribar el alminar, no turbar el silencio que dormía en la fuente visigoda.
La mezquita era hermosa, sí. Pero su resplandor proclamaba algo que no era nuestro. ¿Por qué conservarla?
Oyéndome maldecir, un trovador de la corte se acercó despacio. «¿Sabéis, alteza, que las piedras hablan? Sevilla será glosa dentro de glosa. Un libro que todos podrán comprender aunque cada cual lo lea distinto».
Como yo no conseguía entender, entonó para mí una melodía. Enseguida la reconocí. Era la cantiga piadosa que mi padre compuso, inspirado por las canciones gallegas que aprendió en su juventud. Sin darme cuenta, tarareé con él.
Era hermosa aunque extraña la cantiga con su mezcla de cantos monódicos, trovas y lírica popular. La voz me tembló, como si algo nuevo me habitara sin permiso.
Y así, en el canto, lo vi por primera vez. No a mi padre, sino al rey.
El que nunca quebró su palabra y recompensó por igual el valor y la lealtad del militar y del juglar. El que creó la capilla musical con intérpretes y compositores de varias culturas con el mismo cuido que protegía las escuelas de traductores.
Sí, los cristianos la habían convertido en su catedral.
El latín dormiría ahora en sus juntas.
Mas allí, en el corazón de la ciudad, las voces de la historia encontrarían sus lenguas para custodiar la memoria y, con ella, urdir la paz en el mosaico de la tierra nueva.
Ese día supe que mi deber sería más vasto que guardar la ley.
Por eso me llaman el Sabio. Pero todo lo aprendí de él.
Doctora arquitecta, investigadora, docente, editora y escritora. Para ella, escribir es una forma de «hacer mundo».
Ha recibido diversos premios y becas literarias siendo el más reciente el primer premio de ensayo Guiomar 2024. En 2025 ha sido finalista del XIV Premio Internacional de Relato Corto Encarna León.
Ha publicado numerosos ensayos y artículos en medios culturales y académicos.
(XVIII Antología)