Sevilla.
(XVIII Antología)
«… La catedral ha abierto
sus puertas para recibir a un hombre humilde y bueno que deja a una futura
España en el camino propicio para que vuelva a ser cristiana por la gracia de
Dios. Ya hay un santo más en el firmamento, caballero y siervo de María, ya hay
un santo más en los altares de las iglesias. Así lo refrenda el santo padre
Clemente por los siglos de los siglos…» (Antonio B. R., pág. 180, «La catedral
de Fernando»).
«… Tras mi sombra quedan Córdoba, Jaén,
Murcia, Sevilla. A Dios lego la unidad de dos reinos, inseparables en adelante
con un mínimo artículo ceñido de laureles. ¿Qué importa lo que ellos digan? Si
dejo la cruz en Sevilla y he tratado de hacer de mi hijo un hombre sabio. ¿Qué
más pueden pedir de su rey, si por sus frutos lo conoceréis? Mas ahora solo
resta un hombre aferrado a su espada, mientras la vida le abandona. Reinos,
títulos, catedrales, promesas, silencios: nada de esto podré llevar conmigo.
Nada partirá junto a mí…» (Adrià Martínez Riera, pág. 178, «Lo que nadie
escuchó»).
«… Gracias
te doy, Señor, en mi postrer / hora y ya nada más te pediría; / solo mi alma
contrita ofrecería / si en tu cielo, mi Dios, la quieres ver…» (Alberto Luis
Collantes Núñez, pág. 176, «Postrer hora»).
«Señor de los cielos y de la tierra, hoy vuelvo a
ceñirme a Lobera, no por ansias de conquista, sino por obediencia a tu
designio. Antes de que el sol rompa el velo de la noche, encomiendo a ti mi
alma, mis hombres y el futuro que aún no ha sido escrito. Cada amanecer que me
es concedido es un peso nuevo sobre mis hombros, un llamado a velar por este
reino que me has confiado…» (Rosa María Carrión Sánchez, pág. 174, «Encomienda
al amanecer»).