«… Numerosos reinos habían caído ante sus ojos y se había
levantado; el hombre de grandes plegarias no tenía más que encomendarse al
juicio divino, que cada vez le era más cercano…» (Gema Sánchez Tomás, pág. 160,
«El último suspiro del rey»).
«… Numerosos reinos habían caído ante sus ojos y se había
levantado; el hombre de grandes plegarias no tenía más que encomendarse al
juicio divino, que cada vez le era más cercano…» (Gema Sánchez Tomás, pág. 160,
«El último suspiro del rey»).
«… Las
victorias pasadas desfilaban en su memoria: Córdoba, Jaén, Sevilla. Ciudades
que ahora florecían bajo un reinado de leyes y tolerancia. Pero Fernando no se
consideraba un héroe. Para él, cada triunfo era un recordatorio de su deber de
proteger a su pueblo, de unir a los hijos de al-Ándalus y Castilla bajo un
mismo cielo…» (Cliffor Jerry Herrera Castrillo, pág. 154, «La oración del
guerrero»).
«… Viví amando a Dios y haciendo la guerra en su nombre. Devolví el honor
a nuestra tierra usurpada, y nobles y obispos recibieron señoríos y privilegios
donde seguir expandiendo el mundo luminoso, donde honrar al Dios verdadero.
Tomé Jaén propagando una epidemia de hambre; contemplé Medina Azahara en ruinas
y lloré ante lo efímero de la gloria; atravesé Sevilla entre vapores de azahar
para plantar la cruz en la mezquita que será mi balcón a la eternidad…»
(Nicolás B. D., pág. 152, «Res gestae Ferdinandus Tertius»).
«… Un
hito en la historia de España, un rey gobernando para el bien de su pueblo.
Sevilla, antes Ishbiliya, su última
gran campaña. Su reinado, la gran expansión reconquistadora…» (Lola Sánchez
Lázaro, pág. 150, «Sevilla»).
«La
primavera toca a su fin en la antigua capital almohade y el calor se extiende
por el valle del gran río. El silencio y el dolor se adueñan del alcázar. Solo
se oyen rezos y oraciones que piden por el rey para que logre vencer a la
hidropesía. En los exuberantes patios, encaramados en las ramas de los
naranjos, los pájaros cantan indiferentes al dolor del reino…» (José Cuenca
Gómez, pág. 148, «Quince años más»).
«… Y ahora
que por fin llego a Sevilla / y son iglesias ya los alminares, / parece todavía
que la quilla // sigue queriendo descubrir lugares, / parece que este río
vagabundo / quiere soñar con navegar los mares…» (Daniel Cotta Lobato, pág.
144, «Desembocadura de un sueño»).
«… La
Giralda, aún mora, vio izarse la cruz, / y el Guadalquivir entonó cánticos de
victoria. / Sevilla abrió su corazón rendido y puro / bajo el estandarte del
rey santo…» (Francisco Javier P. S., pág. 142, «La toma de Sevilla»).
«… Sevilla,
la plaza más deseada. Imagino la reciedumbre de los caballos cristianos
desempedrando las calles con sus cabriolas y corvetas. Se dirigen al alcázar
donde el caíd les aguarda en una sala suntuosa con techo dorado y paredes
escaqueadas. Llegan las capitulaciones y Axataf entrega las llaves de la
ciudad. Un mes de plazo para que los infieles la abandonen…» (Luis Miguel
Carreras Jiménez, pág. 140, «La conquista de Ishbiliya»).
«… Creí que
serías otro conquistador, / que tomarías mi alma con desprecio, / mas no
buscaste oro, ni honor sin amor, / sino sembrar justicia en cada trecho…» (Paulina
Nicolle, pág. 138, «La voz de la ciudad»).