LA
VIGILIA DE LOS MUROS
Y
luego, apareció mi madre, Berenguela, con su rostro de vela consumida, y me
tendió un cáliz lleno de lágrimas. «Bebe, hijo mío. Esto es lo que cuesta el
reino de los justos. Esto es lo que vale la salvación de los pueblos».
Lo
bebí. Era sal. Era hierro. Era ceniza. Y entonces soñé. O quizá no soñé. La mezquita
se abría ante mí como una catedral invertida, sus columnas como costillas de
una ballena negra. Caminaba descalzo sobre alfombras de oraciones antiguas. Y
al llegar al mihrab, una voz me dijo: «Aquí no hay enemigos. Solo hombres
arrodillados ante distintos silencios».
Desperté
con el alba clavada en los párpados. Mi espada estaba cubierta de escarcha. Mis
rodillas, hundidas en tierra de batalla. Y supe que no conquistaría la ciudad
con la violencia de los hombres, sino con el peso de un designio más alto.
Cuando entré en Córdoba, no hubo
sangre. Solo campanas. Pero aún hoy, cuando cierro los ojos en las noches de
ayuno, siento que la ciudad me observa no como a un rey santo, sino como a un
ladrón de templos.
José Alberto R. C.
(XVIII Antología)
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