LA
AURORA SOBRE CÓRDOBA
El viento arrastra polvo dorado sobre las piedras
resquebrajadas. Desde lo alto de las murallas, la ciudad, antigua y altiva,
vibra como un tambor de guerra silencioso. Fernando, firme en su montura,
contempla el umbral de Córdoba, no como quien arrebata, sino como quien reclama
lo que el tiempo había extraviado.
A su alrededor, hombres de mirada serena contienen el
clamor de la victoria. Aquí no hubo derrumbe, sino coraje. Fue la audacia de
unos pocos, la espada sabia, el paso decidido lo que abrió el sendero de
regreso.
Entra despacio bajo los arcos
ancestrales. No siente la gloria hueca de los conquistadores, sino la solemne
alegría de quien restituye un latido antiguo. La mezquita, inmensa, le recibe
como una promesa: columnas de luz filtrándose entre sombras que ya no
gobiernan. Córdoba vuelve a ser de los suyos. No como herida, sino como aurora.
Bajo su aliento despiertan las campanas de Santiago, antaño humilladas y
arrancadas, para emprender el camino de regreso. Elevadas sobre los hombros de
la historia, su bronce canta ahora la restitución de una dignidad nunca
olvidada.
Fernando inclina la cabeza en señal de gratitud. No reza
por la caída de otros, sino por la continuidad de un sueño mayor.
El sol, alzándose, tiñe las torres de oro. La ciudad,
renovada en su corazón, recupera su auténtico destino.
Carlos Molinero Ruiz
(XVIII Antología)
(XVIII Antología)
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