«… Entonces lo vi, sin los ojos.
No al rey de las crónicas, sino al hombre: de rodillas en la penumbra de una
tienda de campaña, con las manos crispadas sobre un devocionario, suplicando no
traicionarse. Lo imaginé fatigado, mirando hacia su interior. Sin duda,
entendía que conquistar no bastaba si el alma no sobrevivía al reino, que el
primero pesa más ante el Creador que el segundo…» (Antuán de Torre, pág. 50, «La
tumba y el tiempo».
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