«… Mas
allí, en el corazón de la ciudad, las voces de la historia encontrarían sus
lenguas para custodiar la memoria y, con ella, urdir la paz en el mosaico de la
tierra nueva. Ese día supe que mi deber sería más vasto que guardar la ley. Por
eso me llaman el Sabio. Pero todo lo aprendí de él» (Paula V. Álvarez, pág. 52,
«El mosaico y la urdimbre»).
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