viernes, 10 de abril de 2026

ANTOLOGÍA 2025: EL SUSURRO DEL OLIVO

 



EL SUSURRO DEL OLIVO

 
Mientras la corte celebraba con vítores la rendición de Jaén, Fernando III se alejó en silencio hacia un campo de olivos antiguos. La luna, alta y maternal, flotaba como un relicario abierto sobre el mundo, derramando su luz blanca sobre la tierra aún caliente de historia y sacrificio. Bajo un árbol de tronco herido y ramas extendidas, el rey se arrodilló. Nadie fue testigo de su llanto, salvo Dios y las raíces sosegadas que habitan lo profundo.
 
No elevó alabanzas, ni pronunció victorias. No pidió absolución, ni ofreció promesas. Solo dejó caer su alma en forma de lamento y brotó de él un susurro de duelo: por los hombres que no regresarían, por las madres que velarían en vano, por los campos que se teñirían de rojo antes de ver la lluvia.
 
 
Esa noche no se sintió rey, ni vencedor. Se sintió hombre. Frágil. Y por eso, más cerca de Dios que nunca. El olivo inclinó sus ramas con la dulzura de un padre que envuelve a su hijo y Fernando apoyó la frente sobre el tronco áspero. Allí comprendió que su santidad brotaría del dolor dignificado y que la verdadera grandeza reside en vencer el orgullo y entregarse hacia un bien mayor.
 
Aquella noche, selló en lo más hondo de su ser la paz más ardua de todas: la de quien ha elegido luchar por amor hacia los demás. Y en esa entrega callada nació la eternidad, pues solo quien se vacía de sí puede ser lleno de Dios, y bajo un olivo milenario Fernando dejó de ser rey para volverse siervo del eterno reino.
 
 
Fernanda T. J.
(XVIII Antología)
 
 
 
 
 


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