EL
SUSURRO DEL OLIVO
Mientras
la corte celebraba con vítores la rendición de Jaén, Fernando III se alejó en
silencio hacia un campo de olivos antiguos. La luna, alta y maternal, flotaba
como un relicario abierto sobre el mundo, derramando su luz blanca sobre la
tierra aún caliente de historia y sacrificio. Bajo un árbol de tronco herido y
ramas extendidas, el rey se arrodilló. Nadie fue testigo de su llanto, salvo
Dios y las raíces sosegadas que habitan lo profundo.
No
elevó alabanzas, ni pronunció victorias. No pidió absolución, ni ofreció
promesas. Solo dejó caer su alma en forma de lamento y brotó de él un susurro
de duelo: por los hombres que no regresarían, por las madres que velarían en
vano, por los campos que se teñirían de rojo antes de ver la lluvia.
En la quietud sagrada de la arboleda, comprendió que
gobernar era asumir el dolor del mundo, que no hay justicia sin cicatriz, ni
poder sin alma que se desgaste por cada decisión escogida entre el deber y la
compasión. Advirtió, que gobernar no era ordenar, sino dolerse. Que cada
decisión desgarra algo que no se ve: una fibra íntima, una veta del espíritu.
Esa
noche no se sintió rey, ni vencedor. Se sintió hombre. Frágil. Y por eso, más
cerca de Dios que nunca. El olivo inclinó sus ramas con la dulzura de un padre
que envuelve a su hijo y Fernando apoyó la frente sobre el tronco áspero. Allí
comprendió que su santidad brotaría del dolor dignificado y que la verdadera
grandeza reside en vencer el orgullo y entregarse hacia un bien mayor.
Aquella
noche, selló en lo más hondo de su ser la paz más ardua de todas: la de quien
ha elegido luchar por amor hacia los demás. Y en esa entrega callada nació la
eternidad, pues solo quien se vacía de sí puede ser lleno de Dios, y bajo un
olivo milenario Fernando dejó de ser rey para volverse siervo del eterno reino.
(XVIII Antología)
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