PONTEM,
NON MURUM
No fue empresa liviana, madre, juntar lo que
nació escindido. Dos reinos, dos lenguas, dos memorias: en ocasiones dóciles
como ríos mansos, en otras fieras cual bestias enfrentadas. Castilla fue mi
cuna; León, mi sino. Siempre temí que amar a uno fuera deslealtad hacia el
otro.
No,
madre, no fue fácil reconciliar las crónicas de nuestros pueblos sin
mancillarlas. ¿Qué me hacía creer que podría llevar sobre esta testa indigna el
peso de dos coronas sin desfallecer? Y, sin embargo, con la gracia de Dios, lo
hice. No con estrépito, sino con perseverancia. No por fuerza, sino con
paciencia y oración.
Muchas veces, en las vigilias de la noche,
pensaba en vos. En cómo urdisteis con recogimiento el trayecto de mi alma,
guiándome con hilos invisibles hacia el buen camino.
Tal como me enseñasteis, procuré ser puente y no
muralla. Hoy, al firmar como rey de Castilla y de León, no siento poder, sino
temor: el de quebrar lo que tantas generaciones levantaron con lágrimas y fe.
Y si algún día alguien os inquiere por vuestro
hijo, no digáis que conquistó ciudades. Decid más bien que fue siervo del
Altísimo, piadoso con los suyos, justo en su obrar... y, si lo merece, que fue
tenido por santo.
Elena B. R.
(XVIII Antología)
(XVIII Antología)
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