LA
AGUJA DEL REY
Durante el asedio de
Sevilla, una mañana de otoño, el rey Fernando avanzaba junto a sus hombres
cerca de las murallas de la Macarena. Sobre el arzón de su caballo, protegida
por un manto azul, llevaba una imagen de la Virgen. Era su costumbre, más por
devoción que por ceremonia.
De
pronto, una flecha enemiga voló desde lo alto de la muralla y rasgó el manto de
la imagen. No hirió a nadie, pero el corte quedó, visible y silencioso, como
una ofensa. Los hombres se detuvieron. Algunos aguardaban una reacción. Pero el
rey desmontó sin decir palabra.
Pidió
aguja e hilo. Le ofrecieron llamar a un sastre del campamento, pero él negó con
la cabeza. «Para los asuntos de la Virgen, bien puede hacer de sastre un rey»,
dijo sin solemnidad, solo con certeza.
Se sentó en una piedra y,
con dedos más acostumbrados a la empuñadura de la espada que a la costura,
zurció el manto con paciencia. Nadie se atrevió a hablar. Cuando terminó, besó
la tela reparada y volvió a colocarla sobre la imagen. Luego montó de nuevo, y
la marcha continuó.
Los sastres del
campamento, al enterarse, lo nombraron hermano mayor de su gremio, el de san
Crispín. Aquel día entendieron que el rey que levantaba iglesias también sabía
remendar. Y que en la humildad, como en la guerra, Fernando no delegaba lo que
tocaba al alma.
Nació en 1989, reside en Madrid.
Estudios Culturales y Traducción, posdoctorado en la Universidad Oberta Catalunya. Doctor en la City University of New York.
XLII Premio de Poesía Ciudad de Badajoz (2023).
(XVIII Antología)
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