«… Un
emisario arribó ante el monarca con malas nuevas: su madre, Berenguela, había
fallecido. Desde que la vio en Pozuelo de Don Gil había pasado un año. La mujer
se llevó consigo muchas cosas, pero dejó a su querido hijo las más preciadas. Y
este las haría valer ante los hombres y ante Dios…» (Antonio Vallejo Parra,
pág. 100, «El santo guerrero»).
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