«La
noche antes de la batalla de Jaén, Fernando III me pidió que lo acompañara a la
capilla. Yo era su escudero, tenía apenas diecisiete años y una lealtad que me
dolía en el pecho. Caminamos en silencio por los pasillos de piedra con las
antorchas temblando en la pared. Él llevaba su capa de terciopelo negro. Yo iba
descalzo, como mandaban sus noches de oración. Nadie más nos vio salir. Nadie
debía. Todo en esa escena parecía dispuesto para no ser contado nunca…»
(Servando Trobo, pág. 94, «El escudero»).
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