«… Mis
ojos buscaron la luz de la luna, pero el oscuro viento la había encerrado entre
las nubes negras. Una alabanza de terror palideció en el fluir de las mansas
aguas del Guadalquivir. El abismo se abrió con sus pliegues azules acunando mi
última suerte, y Fernando III llegó portando la espada que daría mi muerte»
(Benito González García, pág. 126, «Portando la espada»).
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