«… Alzó la
mirada hacia la Giralda, antes minarete de oración, ahora campanario de su fe.
No había ordenado destruirla; debía permanecer, elevada aún más alto, como
símbolo de la tierra que estaba forjando. El sol del atardecer bañaba sus muros
dorados, mientras el viento traía aún el aroma del incienso musulmán,
entremezclado con la cera derretida de los cirios cristianos. Sabía que en sus
dominios aún quedaban heridas abiertas, pero su deber no era solo vencer, sino
gobernar con justicia…» (Jesús Bermejo Lecuona, pág. 124, «El peso de la
corona»).
No hay comentarios:
Publicar un comentario