EL
EPITAFIO PERDIDO
Padre mío:
Hoy han sellado la losa que cubre tus restos, y con ella han querido contener también la grandeza de tu alma, como si una piedra pudiera silenciar una vida como la tuya.
En tu testamento, pediste que se te enterrara con sencillez, que solo fuiste un servidor del reino y de Dios y que así quieres ser recordado. Pero no puedo, padre, no puedo concederte esa última humildad. Yo fui testigo de tu santidad, pero también de tu entereza como rey y la mansedumbre de tu sabiduría.
Recuerdo cómo escuchabas el consejo de la abuela Berenguela. Gracias a ella no hubo sangre fraterna derramada en la unión de los reinos, pues tú, que podías haber tomado León por la fuerza, decidiste anexarlo a Castilla con acuerdos. Ni Sancha ni Dulce, tus hermanastras, quedaron despojadas ni agraviadas. Fuiste justo sin dejar de ser fuerte, y esa enseñanza no se aprende en los campos de batalla, sino en el corazón del hogar.
Y luego estuvo Beatriz, mi difunta madre. En sus labios encontraste el amor por los tesoros de Grecia y Roma. Fue en su compañía donde floreció en ti el deseo de gobernar no solo con la virtud de las leyes, sino con la erudición de los antiguos. Tú, que portaste la cruz a las tierras del sur, también dedicaste esfuerzos en renovar la Universidad de Salamanca, como si entendieras que la luz que brota de los libros puede ser tan poderosa como la que cae del cielo.
De esas mujeres, naciste dos veces. Y yo tuve la fortuna de obtener tu linaje y guía.
No bastará una lápida para detener tu legado. Por eso escribo esta carta, que es mi disculpa para ti. Y si acaso esta carta no llegara a su destino, que al menos sirva para mantener ardiendo en mí lo que tú encendiste.
Tu hijo,
Alfonso
Lara Martí Blasco
Nació en Alcoy (Alicante).
Se graduó en Filosofía por la Universidad de Valencia.
Actualmente ejerce como profesora de instituto, difundiendo su pasión por la historia y el pensamiento de la Antigüedad.
Publicó su primera obra en 2018: Reflexiones críticas para un reencantamiento del mundo.
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