EL
JUICIO DE FERNANDO III
—Soy yo, la lengua. No la que mandaste grabar en mármol ni la que firmó tratados. Soy la que te habló en la noche del asedio, la que gemía en la boca de tus enemigos cuando caían. La que susurraba plegarias en acentos que no comprendías.
—¿Vienes a juzgarme?
—Vengo a preguntarte si recuerdas. Si recuerdas al niño que fuiste oyendo cantar a su nodriza en un idioma que tu padre despreciaba. Si recuerdas que dijiste: «Un día seré rey de todos los sonidos».
Fernando cerró los ojos. La fiebre le trenzaba el pensamiento.
—Quise un reino de palabra. No de palabra impuesta, sino pactada. Donde el amén del cristiano no silenciara el salam del árabe ni el shalom del hebreo.
—Y por eso dejé sus columnas en pie.
—Tú sabías que un reino no se sostiene con espadas, sino con gramáticas.
—Y que la sangre escrita en piedra no se borra, solo cambia de acento.
La lengua calló. Después de un instante, habló con voz de viento viejo:
—No fui tu conquista. Fui tu compañera. Porque mientras los reyes mueren, las palabras perduran.
Y cuando Fernando exhaló su último aliento, no lo hizo en latín, ni en romance, ni en árabe, ni en hebreo, sino en una lengua que aún no existía, pero que ya lo soñaba.
(XVIII Antología)
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