UNA
HORA EN LAS POSTRIMERÍAS DE FERNANDO III
Entro en los Reales Alcázares y busco la sala donde se
halla expuesto el cuadro de Virgilio Mattoni de 1887, un óleo enorme de
veintiocho metros cuadrados relacionado con el momento de la muerte de Fernando
III. ¡Eureka! Ya puedo apreciar absorta a ese hombre santo al que,
paradójicamente, le dio por nacer en Peleas de Arriba.
Ahora me encuentro al hombre que se despoja de todo, que
renuncia a sí mismo, que cede cetro, espada Lobera y corona, que echa ceniza
sobre su cabeza y viste dogal al cuello, que cambia el lustroso armiño por un
camisón blanco. El hombre que ya no es rey, arrobado, en trance, brazos en cruz
y humillado a la sagrada hostia. El hombre que unificó definitivamente los
reinos de Castilla y de León, el que fijó el idioma castellano como lengua
oficial de los documentos del Estado, el que acabó con la España de los cinco
reinos y recuperó los territorios por legítima defensa y para la pacífica
posesión. Ya no es un rey mayestático.
Presiente su tránsito. Los ilapsos divinos le conectan con la santidad
de Dios, su protector.
Tomo notas en mi libreta y me pregunto qué desenlace
hubiera deseado el pintor para su admirado rey. Pero en toda creación artística
el autor vierte su alma, y yo en mi mente transcribo el final de la batalla.
Adivino su rostro pálido y estremecido esperando un rescate en vuelo de
ángeles. Lo miro fijamente y presiento su colofón de perfecto héroe. Si
estuviera en mi mano morirías como un héroe, dulcemente, en la agitación y el
polvo que mueve el fragor de la batalla. Acaricio su armadura que le protege de
los infieles. Levanto la visera de su celada, su boca lividece y resuena su
quejido delante de la gloria, la victoria de la muerte y el estruendo de
caballos. En el suelo sigue goteando sangre azul la espada.
M.ª Teresa Castaño
Palacios
Reside en Valladolid.
Licenciada en Derecho.
(XVIII Antología)
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