miércoles, 28 de octubre de 2026

ANTOLOGÍA 2025: APUNTE SOBRE FERNANDO Y EL SILENCIO QUE QUEDA

 



APUNTE SOBRE FERNANDO Y EL SILENCIO QUE QUEDA

 
Recuerdo (o quizá es solo una construcción tenaz de la memoria, esa arquitecta de ruinas interiores) haber caminado detrás de una sombra. Le llamaban Fernando y añadían títulos sonoros. Para mí, era menos un hombre que una voluntad organizada imponiendo su forma silenciosa al aire. Bajo su estandarte —un trozo de tela coloreada, en el fondo, como tantas vanidades que mueven el mundo— sentí que los muros viejos murmuran, guardan sombras de angustias. Las piedras escuchan y recuerdan con esa memoria lenta e indiferente de lo mineral.
 
Vi bocas musitando plegarias que el viento distraído deshacía. Vi hombres con los ojos abiertos, fijos en el filo frío del acero. La resignación final, repetida. Él, esa presencia central, no necesitó alzar la voz. La autoridad desprecia el ruido. Le bastó un gesto, una mano quieta, casi desinteresada, trazando la línea: aquí la vida precaria, allá la muerte simple; aquí la ciudad tumulto, allá la ruina ordenada. Un funcionario eficaz de la fatalidad.
 
¿Y yo? Yo era nadie. Un par de ojos fatigados bajo el casco. Soldado sin nombre, ¿qué importa? Pero aún llevo adherido el polvo de Sevilla, polvo fino, casi metafísico. Y en sueños (¿son míos?), regresa su figura, no con luz, sino más bien definida por una ausencia luminosa, un contorno preciso y vacío que sigue irradiando frío.
 
Fue entonces, o quizá mucho después, en la quietud polvorienta de otras horas sin propósito, que intuí la verdad: un santo, de esa estirpe terrible, no es quien reza. Es aquel que tiene el poder y la indiferencia para decidir qué callar prevalece. El administrador supremo del silencio ajeno.
 
Y sentí entonces, como ahora, la inutilidad de todo. Y el frío. El inmenso frío de comprender ciertas cosas.
 
 
Javier P. A.
(XVIII Antología)
 
 
 


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