APUNTE
SOBRE FERNANDO Y EL SILENCIO QUE QUEDA
Recuerdo (o quizá es solo
una construcción tenaz de la memoria, esa arquitecta de ruinas interiores)
haber caminado detrás de una sombra. Le llamaban
Fernando y añadían
títulos sonoros. Para mí,
era menos un hombre que una voluntad organizada imponiendo su forma silenciosa
al aire. Bajo su estandarte —un trozo de tela coloreada, en el fondo,
como tantas vanidades que mueven el mundo— sentí que los muros viejos murmuran, guardan
sombras de angustias. Las piedras escuchan y recuerdan con esa memoria
lenta e indiferente de lo mineral.
Vi bocas musitando plegarias
que el viento distraído deshacía.
Vi hombres con los ojos abiertos, fijos en el filo frío del acero. La
resignación final, repetida. Él, esa presencia central, no necesitó alzar la
voz. La autoridad desprecia el ruido. Le bastó un gesto, una mano quieta, casi
desinteresada, trazando la línea: aquí la vida
precaria, allá la muerte simple;
aquí la ciudad
tumulto, allá la ruina
ordenada. Un funcionario eficaz de la fatalidad.
¿Y yo? Yo
era nadie. Un par de ojos fatigados bajo el casco. Soldado sin nombre, ¿qué
importa? Pero aún llevo adherido el polvo de Sevilla, polvo fino, casi
metafísico. Y en sueños (¿son míos?), regresa su figura, no con luz, sino más
bien definida por una ausencia luminosa, un contorno preciso
y vacío que sigue
irradiando frío.
Fue entonces, o quizá mucho
después, en la quietud polvorienta de otras horas sin propósito,
que intuí la verdad: un santo, de esa
estirpe terrible, no es quien reza. Es aquel que tiene el poder y la indiferencia para decidir qué
callar prevalece. El administrador supremo
del silencio ajeno.
Y sentí entonces,
como ahora, la inutilidad de todo. Y el frío. El inmenso frío de comprender ciertas cosas.
Javier P. A.
(XVIII Antología)
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