«… En Sevilla no quemó la piedra
antigua, / la honró como quien reza con los ojos. / Las mezquitas siguieron
respirando, / las sinagogas no cerraron su canto. / Porque entendió, como
pocos, / que Dios también habla en otras lenguas…» (Cecilia Rodríguez Bové,
pág. 202, «Fernando III: cruz de luz»).

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