«… Callo por no agitar el aire a nuestro alrededor y quebrar el equilibrio
frágil de la realidad efímera de su presencia. Cuando sale de la cámara, y esta es cosa que
nadie sabe de él, lleva en la escarcela la hoja con lo que de noche tratamos.
Al amor que me da, añade esta adehala y bendice a nuestros vástagos, las dos
cesadas y los siete vivos. A mí me alaba, conocedora de sus recovecos, por
limpiar sus rodillas sucias, acunar su cuerpo lleno de cicatrices y velar
costras de su convalecida…» (Luisa Fernanda Rodríguez Lara, pág. 200,
«Entrambas Peleas»).

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