DESDE FINISTERRE
La niñez, esponja que absorbe el saber; la juventud,
formación, ilusiones y rebeldías y la madurez, trabajo, hijos y familia, dieron
paso a la jubilación. A sentirse niño en el espejo de los nietos y libre de
obligaciones regladas. Tiempo donde satisfacer las ilusiones pospuestas. Para
mí: peregrinar a Santiago de Compostela.
Con la libertad de las tareas hechas, cogí el bordón,
calcé unas buenas botas y desde Roncesvalles, moreno y cansado, pero feliz y
satisfecho, tras algo más de setecientos kilómetros de camino, abrazaba al
Apóstol.
Hoy me encuentro en Finisterre, viendo al sol ocultarse
bajo las olas, junto a una hoguera donde se consumen unas viejas prendas, y con
la mente dispuesta al recuerdo. ¿De dónde viene mi amor al Camino?, ¿de lo
leído en la enciclopedia escolar donde Santiago arrodillado recibía el consuelo
de la Virgen del Pilar?, ¿del amor a la naturaleza que mi abuelo me inculcó?,
¿o del Año Santo de 1948, cuando, en una magna peregrinación, se me negó la
participación, porque el profesor de la asignatura de Espíritu Nacional dijo
que mi padre, muerto en nuestra «incivil» guerra, no vestía la camisa del
vencedor?
Si en la Edad Media las reliquias del Apóstol arrastraban
a los peregrinos, hoy, además de estas, otros motivos les llevan: la
convivencia entre los romeros; la emoción ante una catedral, una ermita, una
imagen de la Virgen, o unas portadas que hablan con signos y señales que
nuestra moderna mente no capta. Sin olvidar los altos cielos castellanos; el
sol en la amanecida; el rayo, el trueno y el agua de la tormenta que acaricia
el rostro; el majestuoso vuelo de las aves y el canto de los pajarillos; o
desprenderse de tantas cosas superfluas con las que la sociedad nos aprisiona.
La mochila te hace libre. Con su exiguo contenido se puede ser feliz.
Adrián Herrero Casla
Nacido en MADRID, reside en Benidorm
Ingeniero técnico de ICAI jubilado
(IX Antología)
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