«Las
llaves de Córdoba cuelgan del aire en un gesto suspendido, como el último
suspiro de un mundo que se disuelve. En la quietud de la mezquita, donde el eco
de siglos se entrelaza con las sombras de lo sagrado, veo a Fernando III el
Santo, su aureola de luz atrapando la gloria de un instante. Las llaves, frías
y metálicas, como la mano que las sostiene, se entregan sin resistencia. ¿Quién
las da y quién las recibe? No solo un monarca, sino la historia misma que se
arrodilla ante un poder que viene de lo divino…» (Manuel Bermúdez Vázquez, pág.
78, «Las llaves de Córdoba»).
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