«… Cuando
el rey castellano penetró en los aposentos privados del alcázar encontró al
emir postrado ante sus pies. Aquel le tendió entonces la mano para que se
incorporara y, al hacerlo, al-Bayyasi mostró sus ojos anegados en lágrimas.
Cuando don Fernando le preguntó a qué era debida su congoja, el emir almohade
le dijo que su hijo primogénito había enloquecido durante la noche a causa de
un mal sueño y le aseguraba que tan solo el más grande y noble de los reyes
cristianos podía curar su locura…» (Antonio Burgos Peñasco, pág. 70, «El hijo
moro»).
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