ASEDIO
ETERNO
Fernando
III sintió el peso de la lluvia en el yelmo mientras observaba las murallas de
Sevilla desde Alcalá del Río. Era agosto de 1247, y el Guadalquivir llevaba en
sus aguas el jadeo de dieciséis naves cántabras construidas para romper el
puente de Barcas.
«Sin el río, la ciudad es un
león sin garras», murmuró al almirante Bonifaz, cuyo rostro quemado reflejaba
meses de batallas fluviales contra las cadenas musulmanas.
En el campamento de Tablada,
donde soldados gallegos y vizcaínos compartían fogatas con carpinteros
mudéjares, el rey trazó sobre un pergamino mojado la estrategia final:
«Aislaremos el Aljarafe. Hambrearemos sus torres».
Las catapultas lanzaban
piedras marcadas con cruces, mientras frailes franciscanos entonaban el Vexilla Regis entre heridos moriscos.
«Ni alcázares compartidos ni
tributos a medias», rugió Fernando blandiendo la espada que había fundido
campanas para Jaén. Cuando las naves de Bonifaz quebraron el puente en mayo, el
gemido de las cadenas rotas se confundió con el llanto de las mujeres musulmanas
que tejían mortajas en Triana.
En noviembre, al recibir las
llaves de la ciudad entre olivares calcinados, el rey ordenó: «Que los vencidos
lleven sus libros y sus hijos».
Esa
noche, al pasear por el alcázar vacío, halló en la mezquita aljama un reloj de
agua detenido. Con el puño cerrado, lo golpeó hasta verter la última gota sobre
el Corán que serviría de base al altar cristiano.
Al morir en 1252, vestido con
sayal de esclavo, sus últimas palabras fueron para el obispo Remondo: «El
tiempo ahora es de Dios. Mis horas fueron campanas de guerra».
Bajo la losa desnuda de la
catedral, el silencio guarda aún el eco de aquellas clepsidras rotas que
midieron un reinado forjado entre salmos y acero.
(XVIII Antología)
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