«El
rey Fernando ha ordenado que desalojen la mezquita de Córdoba; precisa de un
momento a solas para poder meditar en silencio y encuentra que, bajo la
arboleda de los arcos del templo, podrá hallar el sosiego buscado. Otro monarca
se mostraría ufano de sus triunfos y buscaría el agrado y veneración de los
suyos, pero él solo quiere detenerse a evaluar la enormidad de la tarea
inconclusa. Aunque ciñe las coronas de Castilla y de León, en el alma se sabe
rey de una España aún desmadejada…» (Héctor Daniel Olivera Campos, pág. 86,
«España ha vuelto»).
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