EL
LAMENTO DE SEVILLA
La ciudad ardía. Desde lo alto de la torre recién conquistada, Fernando III
contemplaba Sevilla. Era suya ahora, pero la victoria no sabía dulce. Las
llamas lamían los muros y los gritos de mujeres y niños desgarraban la noche. «Es
el precio de la fe», le había dicho el arzobispo, pero Fernando sentía otra
cosa: la fe debía edificar, no destruir.
A lo lejos, el Guadalquivir fluía sereno, indiferente a las gestas humanas.
Fernando bajó la vista a su armadura: cada golpe recibido era un recordatorio
de su humanidad, de sus límites. «¿Cuántas almas han sido sacrificadas por esta
cruzada?». El pensamiento le quemaba más que el calor de las llamas.
Un niño pasó corriendo frente a él, sucio y asustado, abrazando una figura
de barro. Era un león de juguete, quizá un símbolo perdido de otra vida.
Fernando lo observó hasta que desapareció entre las sombras. Entonces, inclinó
la cabeza y susurró: «Señor, enséñame a gobernar con justicia, no con miedo».
Al amanecer,
ordenó que se reconstruyera la ciudad, piedra por piedra. Sevilla no sería un
trofeo, sino un hogar para sus habitantes. «Un rey no hereda tierras —pensó—, hereda
corazones».
Nació en Montevideo (Uruguay) en el 2001.
Estudia la licenciatura en Letras y la tecnicatura universitaria en Corrección de Estilo en la Facultad de Humanidades y Ciencias de la Educación, además de aprender chino mandarín. Escribe poesía y narrativa breve.
(XVIII Antología)
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