LA
CONQUISTA DE ISHBILIYA
Sevilla, 23 de noviembre de 1248.
El rey guerrero cabalga un poco delante como muestra de
valor, caballero sobre un destrero alazán bien enjalmado, halcón con pihuelas y
caperuza en su brazo izquierdo. Porta su espada Lobera, ahora envainada. Las
tórtolas zurean entre los alcornocales, y el vaho del Guadalquivir tiene ese
día un no sé qué de perezoso y aletargado que invita al alma a la reflexión. Ishbiliya
vuelve a ser cristiana. «Váleme, Señora, a conquistar Sevilla, a devolverla a
la fe cristiana».
Abre luego la comitiva el clamor de la trompetería y,
junto al pendón real, desafían al viento con su tremolar mil enseñas con
grifos, leones rampantes, astros, cadenas, barras, dragones, castillos,
símbolos heráldicos que predican el apellido y la dignidad de sus amos que
bastarían hoy para hacer un tratado de vexilología. El repecho del camino pone
a la vista de los cristianos la ciudad de la morería. Farautes que pregonan de
viva voz las órdenes de los maestres de campo tras la victoria, heraldos con
sus corceles ricamente enjaezados.
«El cielo nos ayuda en la santa empresa», dijo el rey don
Fernando a sus mesnadas tras quince meses de resistencia musulmana. Había
terminado el chocar del hierro contra el hierro. Unir y pacificar. Las Españas
volvían a ser una y Granada un reino vasallo. El sueño de Fernando III,
heredado de san Isidoro, se hacía realidad.
Sevilla, la plaza más deseada. Imagino
la reciedumbre de los caballos cristianos desempedrando las calles con sus
cabriolas y corvetas. Se dirigen al alcázar donde el caíd les aguarda en una
sala suntuosa con techo dorado y paredes escaqueadas. Llegan las capitulaciones
y Axataf entrega las llaves de la ciudad. Un mes de plazo para que los infieles
la abandonen.
«Libre et quita», sentenció el rey.
Luis Miguel Carreras Jiménez
Valladolid.
Licenciado en Derecho y Periodismo.
Correo: luismi965@hotmail.com.
(XVIII Antología)
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