LA
CATEDRAL DE FERNANDO
Sevilla luce ardiente y calurosa con los
rigores de mayo. Hay un respetuoso silencio en sus calles. Ha muerto un rey.
No quiere vestimentas de lujos en su mortaja,
solo un vestido de saco y una Biblia en sus manos. Ha muerto con la sagrada
forma en su boca. Ha fallecido después de comulgar.
Ahora su cabeza reposa serenamente sobre un
almohadón que lo sostiene, aupando su alma al cielo ante una ciudad que lo
respeta, que lo admira y lo quiere. Justo a su lado está su espada, la que
blandió, la que empuñó como el primer guardián del territorio castellanoleonés,
ya unificado, ante el enemigo musulmán, al que venció en la ansiada reconquista
llevando siempre por delante la cruz de Cristo.
La catedral ha abierto sus puertas para recibir
a un hombre humilde y bueno que deja a una futura España en el camino propicio
para que vuelva a ser cristiana por la gracia de Dios. Ya hay un santo más en
el firmamento, caballero y siervo de María, ya hay un santo más en los altares
de las iglesias. Así lo refrenda el santo padre Clemente por los siglos de los
siglos.
Rezan castellanos y leoneses, rezan andaluces y
murcianos, reza a sus pies afligido su hijo Alfonso, décimo en la dinastía, que
será sabio para el mundo en los años venideros.
Siglos después un libro de historia estará
abierto por una página del siglo xiii
y un niño de cualquier parte de España empezará a conocer quién fue Fernando
III el Santo.
Antonio B. R.
(XVIII Antología)
(XVIII Antología)
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