«…
Sintió una punzada en el pecho: no era el peso de la corona, sino el de la historia.
Había vencido, sí, pero no odiaba al vencido. Con los ojos cerrados pensó en su
madre, doña Berenguela, que le enseñó a gobernar con firmeza sin renunciar al
alma. Pensó también en el dios que compartía con los suyos… y en el otro, que ahora
callaba en las mezquitas. Cuando bajó de la torre, mandó que no se derribara el
alminar, que lo transformaran en campanario. No por capricho, sino por
respeto…» (Javier Batallé Sáiz, pág. 120, «El corazón y la espada»).
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