LA CAÍDA DEL TEMPLO DE LA CIENCIA
El
doctor Manuel Ignacio Beye de Cisneros me miraba. Por aquel entonces, ambos
vivíamos en la plazuela del Volador. Yo permanecía inmóvil ante su mirada,
sobre aquella cornisa labrada. El hombre era el verdadero fundador de la
Biblioteca de la Universidad Mexicana. Sus pasos honorables y justos paseaban
por el patio sin prisa. Se detenía a estudiar las veintiocho columnas con capiteles
y basamentos, llegaba hasta la capilla y siempre volvía al inicio de su
recorrido, a la puerta, a mirarme fascinado. Mi condición de estatua me
permitió observar todos los hechos que nos condujeron a este momento. Ya en
plena década independiente, la Universidad de México funcionó bien solo unos
cuantos años. Nuevas filosofías y conciencias llegaron a paralizar la cultura.
Invasión napoleónica a la metrópoli, un certamen literario en la colonia. Ese
fue el último intento desesperado por resaltar la autoridad real. Después de
aquello, las estructuras del virreinato se convirtieron en algo cada vez más
efímero y cada vez más lejano.
Desde
mi cornisa inmóvil tenía miedo de los horrores de la guerra inminente. Un día,
llegó el primer grito de independencia y mi templo de cultura se convirtió en
un cuartel. Ante la crisis económica inevitable, mis ojos se cerraban. Veía a
los catedráticos sin sueldo correr por los pasillos. Reclamaciones constantes,
robos en la biblioteca. Desde las afueras de la cornisa, no sé con exactitud
cuál fue el golpe de gracia. Pero la universidad nunca volvió a abrir las
puertas de la misma manera. Mi único consuelo es la imagen de mi estimado
doctor Cisneros paseando por el patio. La última vez que lo vi, no se detuvo a
devolverme la mirada admiradora de antaño. El día que dejó de observarme, dejé
de existir.
Theodora
María Marín
Reside en la
ciudad de Valencia
Filóloga en
Estudios Hispánicos
Finalista del
II Concurso de Relatos de la Biblioteca Municipal Cronista Fernando Galarza
(Buñol, 2019)
(XV Antología)
No hay comentarios:
Publicar un comentario