«… “Señor —su voz era una piedra arrojada a un
pozo—, ¿qué haréis con Sevilla?”. Miré a mi alrededor, dejando que mis ojos
resbalaran sobre las columnas esbeltas, los azulejos cubiertos de polvo, los
jardines sumidos en una melancolía vegetal. Mi respuesta llegó con el tono de
quien se contesta a sí mismo más que al otro. “Nada —murmuré—, salvo dejar que
siga siendo hermosa”…» (Raúl Ordás Fernández, «Entrada en Sevilla», pág. 16, Tercer
Premio Orola 2025).
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