EL
UMBRAL DE SEVILLA
El 23 de noviembre de 1248, cuando la ciudad rindió sus
llaves, descendí de mi caballo y avancé a pie, como peregrino que pisa tierra
sagrada. El temblor de mis piernas no era fruto del cansancio, sino del peso
invisible de los siglos. Dicen que aquel día fui un rey victorioso; yo solo fui
un hombre temeroso de no ser digno. Crucé el umbral de Sevilla entre columnas
de humo, el crujir de puertas rendidas y el clamor de los míos. Sentí bajo mis
botas la herida abierta de los siglos y en los muros, el eco de rezos
extinguidos. Recé en silencio por los que soñaron esta hora y por los que
sufrirían su precio. No había gloria suficiente para lavar el llanto de la
tierra. Juré entonces no olvidar: toda conquista es herida, y sobre la sangre
solo puede florecer el perdón. La cruz que llevaba en mi pecho pesaba más que
mi espada en el costado. Mientras el alba doraba los alminares y la brisa del
río mecía los estandartes, supe que no éramos nosotros quienes conquistábamos
Sevilla: era Sevilla quien nos conquistaba a nosotros. Y en su abrazo de
piedras, agua y memoria, sentí que la verdadera batalla apenas comenzaba: la de
mantener la fe, la justicia y la compasión en un reino nacido entre ruinas.
José Francisco Sánchez Lozano
Nació en Almadenejos (Ciudad Real) en 1964, reside en Málaga.
Estudia
Historia del Arte y participa en varios talleres de escritura.
Funcionario
y psicólogo.
Ha
sido finalista en diversos concursos de microrrelato y relato.
Cultiva
la novela, la narrativa breve, la poesía y el guion.
(XVIII Antología)
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