«Fernando
camina entre muros que no resuenan. Los soldados le ven como rey, pero él solo
siente el peso de un nombre que le precede. En la mano, la espada; en el pecho,
una oración aún sin escribir. Sabe que la guerra nunca purifica, pero calla,
porque la fe también es silencio…» (Júlia Rosell Saldaña, pág. 30, «Donde rezan
las piedras»).
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