«… Desperté con el alba clavada en los
párpados. Mi espada estaba cubierta de escarcha. Mis rodillas, hundidas en
tierra de batalla. Y supe que no conquistaría la ciudad con la violencia de los
hombres, sino con el peso de un designio más alto…» (José Alberto R. C., pág.
38, «La vigilia de los muros»).
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